Quince
minutos de fama
Fuente:calle22
Andy
Warhol fue el telescopio que mejor retrató el estilo de vida norteamericano
del siglo XX. Ni Hollywood, ni la Guerra Fría, ni la Quinta Avenida
de Nueva York pudieron escapar de las garras del artista que deletreó
las reglas del arte pop.
Su axioma viajó por el mundo, venció lenguajes y derribó murallas: todas las personas tienen quince minutos de fama. Un signo de los tiempos que él ayudó a desnudar, a vivir, a denunciar. Pero al padre de tamaña verdad, Andy Warhol, le tocó una porción mucho más amplia que ese cuarto de hora que él mismo promulgó, y aún después de muerto su nombre es referente obligatorio para los seguidores del arte pop.

Desde el 17 de agosto, y hasta finales de setiembre, una
exposición revive la obra de este geniecillo díscolo en Eslovaquia,
la tierra de sus padres. Algunos biógrafos aseguran que Andy también
nació ahí, pero la teoría más probable indica
que su ombligo quedó en Pennsylvania, Estados Unidos.
Sobre su fecha de nacimiento hay otra encendida disputa, y como nadie pudo revisar nunca los datos de su carné de identidad, solo sabemos con certeza que el muchacho de la cabellera rubia teñida vino al mundo entre 1928 y 1930.
Desde ese momento, hasta su muerte en 1987, Warhol condujo por el carril de alta velocidad sin hacerle caso a los semáforos.
Su
peculiar visión del arte y de la sociedad norteamericana retrataron
mejor que nadie la esencia de la gran potencia occidental. Su estudio de trabajo,
la Factoría, fue hangar de refugio para hordas de homosexuales, pintores,
músicos contestatarios y drogadictos que buscaban en el
LSD y los ácidos alguna musa desocupada que inspirara sus
creaciones.
La publicidad le abrió las puertas del mundillo artístico de Nueva York. Antes de dibujar latas de sopa, sillas eléctricas y coca colas de rojo encendido, Warhol decoró escaparates y le vendió algunas ideas a los catálogos de Vogue y Harper`s Bazaar.
Y
mientras más aprendía de publicidad, más se daba cuenta
de que aquello no era lo suyo, de que diseñando zapatos para I. Miller
tendría que conformarse con los exiguos quince minutos de fama que
él había descubierto como destino ineludible para cada ser humano.
Pero él quería mucho más.Pronto descubrió que la alquimia para burlar el anonimato estaba en su forma de leer e interpretar la forma de vida norteamericana. Warhol se nutrió de mitos populares como Marilyn Monroe y Elvis Presley, pero también de catástrofes como la Guerra de Vietnam y la bomba atómica.
Entonces, sumó todo lo que sabía de Hollywood, publicidad e imagen y descrubrió que el mundo –al menos su polo occidental– era terriblemente superficial o, peor aún, repetitivo y superficial.Gritó esa verdad incuestionable con sus célebres trabajos sobre la diva, el Rey, las sopas Campbell y hasta los criminales más famosos que, a fuerza de matar y robar, también terminaban siendo figuras públicas.
Su camino hacia la polémica
empezó a finales de los 50, cuando montó las primeras exposiciones
y empezó a dejar boquiabierto al público con aquello
s
montajes que, en realidad, eran una abstracta placa de rayos X que dejaba
expuesto el esqueleto del Tío Sam.
Su explosión coincidió con los turbulentos años 60, un
punto de inflexión en la historia del siglo XX. Paralelo a otros artistas
como Roy Lichtenstein, sentó un paradigma que fue bautizado como Pop
art. Y eso era justamente lo que buena parte del público quería
ver: cansados de tanta repetición, suplicaban por algo diferente que
se saliera de los moldes, que retara al sistema y le plantara un par de guantazos.
Cuando ya había rebasado sobradamente sus quince minutos de fama, Andy decidió que era hora de probar nuevas formas de arte. En 1965 declaró que colgaba el pincel para dedicarse al cine y a la música.
La
Factoría continuó produciendo toneladas de cuadros, serigrafías
y dibujos, gracias a la pandilla de proscritos que Warhol tomaba en
“adopción”, pero él se alió a una cámara
para dejar en el celuloide su sello personal.Produjo unas 75 películas.
Su primer filme, Sleep, dura seis horas y muestra planos cerrados de un hombre
durmiendo. En realidad, se trata de una secuencia de 20 minutos que se repite
18 veces.
Su siguiente “éxito”, Empire, es una toma fija del edificio más famoso de Estados Unidos, el Empire State de Nueva York. “Viendo mis películas se pueden hacer más cosas que en el teatro o la televisión: se puede comer y beber, fumar, toser, mirar a otro lado y luego volver a mirar hacia la pantalla para darse cuenta de que todo sigue estando allí”. Así defendía Warhol sus propuestas cinematográficas que, por supuesto, nunca llegaron a las grandes marquesinas de Hollywood.También incursionó en la música.
Durante varios años
colaboró con el grupo “Velvet Underground”,
cuya música encendida reflejaba una forma de vida licenciosa y rebelde,
a tono con el hervidero juvenil de finales de los 60.En la década siguiente,
la pintura lo volvió a tentar y él respondió que sí.
No aflojó la cámara Auricon, y hasta filmó una versión
de Drácula en 1974 que recibió amplia censura por sus fuertes
escenas de sexo. Pero rescató su viejo pincel para retratar a figuras
de la época, como Mao Tse Tung y Mick Jagger (bueno, este último
es una figura de cualquier época).Los últimos años de
su vida utilizó como motivos cuadros famosos de artistas clásicos.
Aparecieron sus reproducciones sobre La última cena, de Da Vinci, El Nacimiento de Venus, de Boticelli, y San Jorge y el Dragón, de Paolo Cuello. Poco antes de morir, en 1986, expuso una serie de imágenes sobre Lenin y algunos autorretratos. Finalmente, el 22 de febrero de 1987, expiró como consecuencia de una operación instrascendente.Fueron muchos años de excesos: exceso de creatividad, exceso de irreverencia, exceso de criticismo. Pero sobre, todo, exceso de fama.
Warhol le tomó bien el pulso a la cultura de la imagen y calculó en 15 minutos la porción que le toca a cada uno. Pero él se pasó. Sobradamente. ¡Se te fue la mano, Andy!

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