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¡Qué envidia!

Más pertinaz que el odio, más intensa que los celos y antigua como el hombre. Así es la envidia, una pasión universal que nadie reconoce sentir.

Apenas unos segundos después de que el fonógrafo de Edison dejara de emitir en la sala sus primeras palabras, uno de los académicos que asistía a la presentación del aparato, el francés Jean Bouillaud, de 82 años, saltó de su asiento, agarró por el cuello al hombre que lo manejaba en ese momento y comenzó a zarandearlo mientras profería que aquello era una farsa, un truco de ventrílocuo y que la noble palabra humana no podía ser reemplazada por un metal. Bouillaud
no se había vuelto loco ni había sufrido un ataque de ansiedad. En absoluto. Se trataba de un caso de envidia entre colegas, un sentimiento tan viejo como el hombre del que se ha dicho que es el más vergonzoso de los vicios. De hecho, se lo considera tan deshonroso que personajes ilustres como el filósofo Francis

Bacon no dudaron en afirmar que la envidia es un "gusano roedor del mérito y la gloria". La Real Academia Española, más tibia en su definición, la considera
un "pesar del bien ajeno".

La envidia es un fenómeno universal, pero no es considerada por los psicólogos una de las emociones fundamentales, ni existe una expresión facial que la caracterice de forma exacta. En su obra La fuerza de las emociones , los psiquiatras franceses Christophe André y François Lelord indican que esto se debe a que "a diferencia de lo que ocurre con otros sentimientos, comunicar la envidia nunca ha supuesto una ventaja evolutiva". En efecto. La envidia es un tabú social que se lleva en silencio porque, en el fondo, implica una declaración de inferioridad que no conviene revelar en público. Plutarco ya lo comentaba hace casi 2000 años. En su estudio Sobre la envidia y el odio, el genial biógrafo y ensayista griego resaltaba que "nadie dice que es envidioso", sino que para justificar ese sentimiento se alegan todo tipo de excusas. Este comportamiento, según el sociólogo Francesco Alberoni de la Universidad Libre de la Lengua y la Comunicación de Milán, se debe a que la envidia es, en esencia, "una reacción ante el reconocimiento de una derrota".

En un intento por negar la frustración que nos produce, nos comportamos de muy distintas formas. Algunas personas optan por imitar a quienes envidian; otras, si
se ven incapaces de alcanzar el mismo objetivo, se deprimen y, por último, un tercer grupo de individuos opta por criticar e incluso conspirar contra quienes los
han superado. Todo depende de la importancia que se dé al objeto de nuestra envidia y, sobre todo, de quién sea el envidiado.



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3)
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Técnica para cambiar su conducta y mejorar su calidad de vida

4)El Poder de la Mente
(o pensar en un limón)

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Envidiamos cuando comprobamos que otro alcanza algo que deseamos intensamente o cuando otra persona logra lo que nos es imposible realizar. El resultado,
en cualquier caso, es que la autoestima se resiente.

Ideamos tácticas para proteger la autoestima

Los psicólogos señalan que para compensar esta pérdida, que nos resulta insoportable, desarrollamos una serie de mecanismos muy particulares. Uno de ellos es infravalorar la ventaja del otro, esto es, nos autoconvencemos de que lo que ha conseguido "no es para tanto". Otras tácticas pasan por buscar desventajas en otros campos que compensen su superioridad, desvirtuar a la otra persona en su conjunto o criticar el sistema que permite que se dé semejante situación. En los casos más extremos, podemos llegar a castigar -tanto física como psicológicamente- al envidiado por su ventaja.

Esto es así, según Alberoni, porque "el envidioso desea acercarse al envidiado, ser reconocido por él, identificarse con él y sustituirlo". En los casos patológicos, el envidioso sólo puede encontrar satisfacción en la destrucción completa del envidiado, en su desgracia total e incluso en su desaparición física.

La investigadora Melanie Klein, autora de Envidia y gratitud , una obra considerada básica por numerosos expertos en este terreno, indica que la envidia trae implícito el deseo de hacer daño.

Una cuestión propia de seres humanos

Se trata, además, de una actitud inherente a los seres humanos y que se desarrolla en las primeras etapas de la infancia, un dudoso honor que parecemos disfrutar
con exclusividad.

En un artículo sobre la Psicología de la envidia , el doctor español Cecilio Paniagua indica que la envidia "es un eco de los sentimientos de inferioridad y rivalidad
sufridos por el niño durante su desarrollo psicológico, con padres y hermanos, lo que explica su universalidad e irracionalidad".

Este factor de proximidad -del niño con los que lo rodean- parece especialmente importante en el desarrollo de la envidia. Así, cuanto más cercanas a nosotros sean las personas que envidiamos y cuando su superioridad se demuestra en los campos que más valoramos, el sentimiento de envidia crece. Por el contrario, éste
no se desarrollará fácilmente entre personas que apenas se conocen o entre quienes hay un abismo insalvable temporal o profesional. Por ejemplo, es más que
dudoso que un físico actual pueda albergar sentimientos de hostilidad contra Einstein o Newton por los éxitos que éstos cosecharon en su mismo campo.

A mayor proximidad, más envidia y más destructiva

Puesto que la envidia se acentúa entre personas que viven circunstancias parecidas, es entre los hermanos y los compañeros de profesión donde es más relevante.
Tal fue el caso que involucró a Ignazius Semmelweis, protagonista de uno de los episodios más vergonzosos de envidia profesional. A mediados del siglo XIX, este médico obstetra del Hospital General de Viena observó que un alto porcentaje de parturientas moría después de dar a luz por fiebre puerperal, mientras que en otros hospitales, donde atendían parteras que cuidaban su aseo y mantenían la limpieza, ese porcentaje era sensiblemente inferior. Cuando propuso que los médicos que atendían los partos se lavaran las manos con cloruro de calcio para evitar así infecciones, fue despreciado. Aún peor. Incluso cuando demostró que su teoría era correcta, su descubrimiento siguió siendo tachado de ridículo.

Semmelweis no quería exhibir sus méritos, pero es cierto que el envidiado muchas veces suele vanagloriarse de ellos y hacerlo de tal forma que ofende al otro. En ese caso se trataría de una provocación. En su novela Abel Sánchez -toda una tesis sobre la envidia-, el filósofo y escritor Miguel de Unamuno señala que "no hay canalla mayor que las personas honradas (...) No me cabe duda de que Abel restregaría a los hocicos de Caín su gracia". Precisamente, en el Génesis se describe un episodio que ilustra hasta qué punto puede llegar la envidia entre hermanos cuando uno de ellos hace gala, aunque sea inconscientemente, de sus virtudes superiores. En el capítulo 37 de este texto bíblico se describe cómo José, el favorito de Jacob, su padre, era profundamente envidiado por sus hermanos. Quizá tenían motivos para hacerlo. José no sólo disfrutaba de un físico favorecido, sino que estaba colmado de virtudes, entre ellas el don de la profecía. Además, sabía cómo resaltar lo mejor de sí mismo. Tanto fue así que todos sus hermanos, salvo Rubén, que se manifestó en contra, decidieron asesinarlo. Otro de los hermanos, Judá, propuso otra idea mejor: venderlo como esclavo.

En realidad, quizá José alardeaba a propósito. Pero aunque se exhiban adrede los buenos atributos para producir envidia, este sentimiento no es tan profundo como cuando el éxito que se observa en el envidiado nos parece inmerecido. En ese caso, la hostilidad aumenta y la envidia da paso al rencor.

Envidia justificada y envidia justificable

Los especialistas saben que el sentimiento de envidia aumenta cuando comprobamos que la circunstancia que la desencadena choca, además, con nuestro sentido de la justicia. Esto es lo que ocurre, por ejemplo, si descubrimos que un compañero de trabajo ha obtenido un ascenso al cual considerábamos no sólo inmerecido, sino que, sospechamos que fue por su relación con la hija del presidente de la compañía.

En la historia de la filosofía, una cuestión recurrente ha sido si en los sentimientos de envidia se encuentran los fundamentos del sentido de justicia. Freud afirma, de hecho, que ésta emana de los deseos de los envidiosos. Así, en un grupo familiar, los hermanos observarían la conducta de los demás guiados por la envidia, de
forma que ninguno de ellos sea más favorecido que otro por sus padres. En definitiva, si uno no puede ser el preferido, ninguno debería serlo.

A la vista de lo universal de este sentimiento, algunos expertos se han preguntado si es posible que sus causas sean más biológicas que psicológicas.

Según el biólogo molecular es-tadounidense John Medina, autor de El gen y los siete pecados capitales , "analizar la biología de la envidia es un problema insuperable, porque no se ha aislado un gen responsable de este sentimiento ni se ha identificado una región del cerebro dedicada a la envidia".

En busca de una píldora contra la envidia

Medina indica que esto puede explicarse porque nuestra tecnología no es suficientemente buena porque "la envidia sólo es un intento de organizar sentimientos subjetivos que no tienen correlación biológica". En este sentido, señala que "la envidia está asociada a cuatro tipos de comportamiento: los asociados al deseo sexual, a la avaricia, a los deseos de agresión y como una reacción a la depresión que, en definitiva, puede ser tanto un componente como una respuesta a la envidia". Este vínculo entre un sentimiento subjetivo -la envidia- y un proceso biológico -la depresión- es, para este autor, más estrecho de lo que suponemos. Tanto es así que, aunque Medina asegura que no existen píldoras contra la envidia, sí es posible que los antidepresivos nos mantengan a salvo de ciertos aspectos negativos asociados a ella.

¿Pero hasta qué punto podemos llegar a fastidiar al prójimo por envidia? Un equipo de economistas de las universidades de Oxford y Warwick, en Inglaterra, comprobó que se puede ir muy lejos. En un experimento, los profesores Andrew Oswald y Daniel Zizzo adjudicaron aleatoriamente una cantidad de dinero a distintas personas que se iba incrementando con el tiempo. En el ensayo, cada una de ellas podía destruir parte del dinero ajeno, pero sólo a costa de sacrificar parte del propio. Para sorpresa de los investigadores, la mayoría de los participantes llegó a deshacerse de su fortuna sólo para conseguir que los demás no se enriquecieran más que ellos.

Y es que, ya lo decía Don Quijote: "Todos los vicios, Sancho, traen un no sé qué de deleite consigo; pero el de la envidia no tal, sino disgusto, rencores y rabias".

 

Fuente: muy intersante (chile)