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Cómo seremos en el futuro

Fuente:muyinteresante.es

El final de una evolución en su sentido clásico

La cultura y la tecnología fueron el principio del fin de la evolución en su sentido clásico: la selección de los genes que mejor casan con el ambiente. En el mundo desarrollado, la mortalidad infantil ha decaído notablemente y la familia tiende a hacerse menos numerosa. En estas circunstancias, la selección natural queda fuera de lugar si cualquier humano, independientemente de los genes que aporta, tiene dos niños que sobreviven para reproducirse. No hay que olvidar que, en el contexto de la genética de poblaciones, la eficacia de un individuo no radica en su condición física o mejor adaptación al ambiente, sino en el número relativo de descendientes que sobrevive.

Hacia el fin de la humanización

Hay una diferencia estructural entre los primates no humanos y nosotros, los primates humanos. Somos los únicos capaces de fabricar instru- mentos con otros instrumentos. Así es, hace 2,4 millones de años, en un lugar remoto de África centrooriental, aprendimos a golpear una piedra contra otra y a establecer una secuencia de extracción para fabricar lascas con filos cortantes. Con éstos empezamos a superar nuestra dieta vegetal originaria y a conseguir carne de forma sistemática, robándosela a hienas y otros carroñeros gracias al trabajo en equipo.

De este modo, se redujo el tamaño de los intestinos y aumentó el del cerebro, ya que éste pudo recibir la sangre que antes usaban los intestinos para metabolizar alimentos. El cerebro pasó de 400 a 700 cc; la inteligencia operativa o el uso de objetos técnicos ha retroalimentado nuestra complejidad neuronal y biomecánica. Todo este proceso sucedió en un contexto de cooperación social, sin el cual nuestra supervivencia en la sabana africana hubiera sido mucho más precaria. Había comenzado la humanización.

Tras 2,4 millones de años de evolución, hemos llegado a conocer nuestra estructura genética gracias a la secuenciación del ADN. Para ello, hemos tenido que construir instrumentos y máquinas muy complejas mediante secuencias de pensamiento lógico cargadas de conocimiento; sin embargo, nada habría sido posible sin la primera cadena operativa inteligente que secuenció un bloque de piedra en fragmentos cortantes de menor tamaño.

Parece obvio que la técnica y su socialización nos humanizará cada vez más. Al proceso de hominización o de desarrollo de nuestro género se sobrepone el de humanización o de desarrollo de nuestra singularidad, la cultura. En el siglo XXI vemos cómo la tecnología se ha introducido en todos los aspectos de nuestras relaciones sociales: en el trabajo, en el transporte, en el bienestar social y en el ocio, en el pensamiento y en la investigación. La técnica se está socializando, pero no ha alcanzado su punto máximo, debido a que grandes zonas del planeta aún no se han beneficiado de este proyecto humano. Es indispensable que la técnica se socialice para que exista un equilibrio y una humanización consistente.

 

La fabricación de lascas con filos cortantes permitió a nuestros antepasados pasar a una dieta más carnívora. Esto trajo consigo una reducción de los intestinos y un aumento del volumen cerebral.

La búsqueda de nuevas fuentes de energía ha sido un factor básico en nuestro proceso evolutivo: el calor producido por la combustión de madera, el aprovechamiento de la fuerza motriz del agua, el uso de combustibles fósiles, la fisión nuclear... En el futuro, energías como la de fusión nuclear nos permitirán disponer de energía barata no contaminante, y todo o casi todo se hará posible con energía inagotable. Sin duda alguna, la energía ha estado en la base del progreso.

El análisis del pasado también nos ha permitido ver que los homínidos humanos emergimos en África y que en el siglo XXI nuestra especie ha ocupado todo el planeta. Por lo tanto, ya sabemos que la tendencia natural de nuestra especie es la conquista del espacio. Siempre hemos mirado hacia las estrellas y ahora lo hacemos con sofisticados telescopios; los ojos del Hubble nos descubren nuevas galaxias y la Estación Espacial Internacional (ISS) ya es un ejemplo de la vida fuera de la biosfera. Parece lógico que los viajes y las conquistas espaciales sean objetivos que se hagan realidad en el transcurso del tercer milenio. Para nosotros no es suficiente verlo; es necesario que estemos allí, puesto que somos espacio-tiempo singular.

En el tercer milenio, cabe la posibilidad de que dejemos de ser lo que somos, según Carbonell (arriba).

No sabemos qué somos ni cómo somos, pero ya hemos empezado el autoanálisis biológico a través de técnicas impensables hasta ahora. La observación microscópica, la ingeniería genética y, en general, la biotecnología cambiarán la perspectiva de la humanidad: la curación de enfermedades, clonación de órganos, prolongación de la vida, mutación artificial de nuestros sistemas bióticos... La nanotecnología nos lleva hacia realidades inconmensurables de exploración de nuestro cuerpo, hacia la construcción de nanomáquinas que se utilizarán en cualquiera de los campos que los humanos conocemos. Los ordenadores cuánticos y biológicos permitirán la construcción de máquinas biotecnómicas que funcio- narán a través de códigos mixtos entre la inteligencia natural y la inteligencia artificial. Quizás estas estrategias darán paso a la creación de nuevas especies de seres vivos.

En el tercer milenio abriremos una brecha en el espacio-tiempo. La selección técnica habrá sustituido la selección natural. Los procesos de hominización y humanización habrán concluido. Dejaremos de ser humanos. Es posible que seamos la primera especie que antes de extinguirse construya el organismo inteligente que nos vaya a sustituir; es posible que lo que los humanos consideramos ahora una quimera sea una realidad tangible.

Desde los pensadores presocráticos griegos hasta nosotros, desde la generación de las preguntas seminales hasta la realización empírica y contrastación de los enunciados han pasado dos milenios. Ahora nos damos cuenta de que estamos en nuestras propias manos y de que sólo la impregnación social de la técnica nos puede humanizar completamente. No podemos desperdiciar esta oportunidad; integremos la diversidad a través de la socialización de la técnica. Distribuyamos la riqueza. Seguro que habrá futuro.

Mutaciones que sirven para prevenir infecciones

Pero esto sólo es la mitad de la historia. Para que la evolución entre en acción no sólo deben producirse cambios ambientales que eliminen a los más débiles, sino que debe existir una gran variación genética entre los miembros de la población, para que así algunos alelos –una de las posibles formas de un gen– aumenten su frecuencia de generación en generación. Pero sucede que los humanos somos muy similares a nivel genético: las diferencias en el ADN de dos personas elegidas al azar no superan el 0,1 por 100. Es más, este margen de divergencia tiende a ser menor. Por ejemplo, en el pasado, algunas mutaciones humanas se preservaron porque eran beneficiosas para protegernos de determinados agentes patógenos. Hoy, debido a los avances médicos, las muertes achacadas a estas infecciones se han reducido drásticamente, por lo que el número de personas portadoras de la mutación también ha menguado. Lo mismo puede decirse del aislamiento reproductivo, condición necesaria para la aparición de una nueva especie que, a veces, es propiciada por las barreras geográficas. Ni lo uno ni lo otro se da en la actualidad: el ansia viajera de nuestra especie hace que el pool genético, o sea, el conjunto de genes de la humanidad, sea cada vez más homogéneo.

No es de extrañar, pues, que algunos expertos, como el genetista Steve Jones, de la University College London, aseguren que la evolución humana se esté frenando lentamente hasta que quede paralizada. Para otros, sin embargo, nuestro proceso evolutivo simplemente ha tomado una nueva dirección. Ahora, viajamos a alta velocidad sobre los raíles de la cultura. “Poseemos disquetes y animales domésticos no porque lo favoreciese la selección natural, sino porque lo propició la selección cultural”, dice Harris. Por sí mismas, la cultura y la tecnología están modelando los genes humanos con al menos la misma eficacia con la que operó la selección natural en nuestros ancestros. Como apunta el biólogo Christopher Wills, de la Universidad de California, en San Diego, en su libro Children of Prometheus, la mayor influencia evolutiva de la cultura es la creación de nuevos ambientes y la selección de la diversidad genética humana.

Los genes contra el estrés salen victoriosos

En este sentido, Lynn Jorde, experto en genética humana de la Universidad de Cornell, nos recuerda que la llamada Revolución Verde ha mitigado el hambre en muchas zonas del planeta y ha aumentado la esperanza de vida, a la vez que ha propiciado la aparición de áreas de población más densas susceptibles de sufrir una mayor incidencia de epidemias, como el sida y el cólera. Por otro lado, los procesos industriales y tecnológicos liberan al medio ambiente sustancias químicas y radiactivas que pueden actuar como mutágenos e incluso, como señala Jorde, como fuerzas selectivas.

Pero es en el cerebro, concretamente en nuestras dotes intelectuales y psicológicas, donde la selección cultural tiene mayor poder de acción. De acuerdo con Wills, la decisión de las parejas de engendrar sólo un niño, por ejemplo, tiene el mismo impacto evolutivo que un vástago sea devorado por un depredador o muera por una gripe. Esta nueva forma de selección podría estar en consonancia con nuestra constitución genética. Wills puntualiza que las personas que no saben afrontar el estrés en sus vidas eligen con frecuencia no tener hijos, una decisión que hace que salgan victoriosos aquellos genes capaces de encarar el estrés de la vida moderna.

Muchas de las invenciones del hombre han influido en el éxito reproductor, tanto negativamente, caso de los anticonceptivos, como positivamente. Internet ha propiciado un nuevo tipo de relaciones humanas y de elección de pareja: los e-ligues acaban cada vez con más frecuencia en e-bodas. En un reciente estudio publicado por investigadores de la Universidad de Liverpool en la revista Human Nature puede leerse que el teléfono móvil es utilizado por muchos jóvenes varones como reclamo sexual. Éstos se reúnen en bares y discotecas y despliegan su tecnología como símbolo de estatus social. Lo mismo hacían, pero sin el teléfono, los hombres de las cavernas.

No cabe duda de que el desarrollo tecnológico nos ha puesto en disposición de tomar las riendas de nuestro propio destino biológico. La lectura del genoma humano permitirá al hombre conocer cómo funciona a nivel genético y manipular los genes a su antojo. Algunos expertos vaticinan que en una o dos décadas nacerá el primer bebé portador de genes de diseño y, si nada lo impide, probablemente lo haga mucho antes el primer clon humano. Nadie sabe hacia dónde nos conducirá la manipulación de la herencia biológica y si los cambios degenerarán en una élite genética que dará lugar a una nueva especie humana, como preconiza el genetista Lee Silver, de la Universidad de Princeton, en el libro Remaking Eden.

Moda ciberpunk

La mayoría de los cambios culturales son tan rápidos y volubles que no dejan huella en nuestros genes, según Richard Dawkins, de la Universidad de Oxford.

 

 

 

 

 

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