
Miedo metido en el cuerpo
Las claves físicas y psíquicas de la pulsión del temor
Se puede fotografiar
Realizar una profunda taxonomía del miedo es de vital importancia para diseñar estrategias terapéuticas para las manifestaciones enfermizas de esta pulsión. En este sentido, una línea de investigación muy prometedora es la
qué intenta establecer cuáles son las bases neuronales de cada tipo de pavor. Se sabe, por ejemplo, que el centro de control de la sensación de miedo es la amígdala, pero no se conoce con exactitud que otras áreas del cerebro están implicadas en ella. Los investigadores empezaron a sospechar de este órgano cerebral con forma de almendra en los años 30, cuando descubrieron que algunos monos con daños agudos en esta zona de su anatomía experimentaban un descenso dramático en su respuesta de alarma ante las amenazas externas. Poco a poco, los neurólogos han ido realizando una radiografía más completa del miedo gracias al uso de tecnologías de neuroimagen. De hecho, hoy en día se puede llevar a cabo un seguimiento concreto de los aumentos y disminuciones de actividad en la amígdala de una persona según se le van mostrando imágenes escabrosas o se le va sometiendo a situaciones potencialmente peligrosas.
El reto de este tipo de investigaciones es conseguir un equilibrio todavía difícil entre la psicoterapia y la neurología.
Las claves físicas y psíquicas de la pulsión del temor

Nos asustamos por naturaleza. El miedo es parte de nuestra estrategia de supervivencia.
Sus efectos sobre el cuerpo y la mente empiezan a ser conocidos por la ciencia.
Causa sensación
Sudoración extrema, aumento de la tensión muscular, pérdida de control de los esfínteres... Cuando el miedo asalta, las reacciones físicas son evidentes. Muchas de ellas son el resultado de los cambios químicos que se producen en nuestro organismo aterrado y otras son señales que nos permiten estar alerta o, incluso, mostrar una apariencia de defensa ante el enemigo, como el erizado del cabello. Todas están controladas por una pequeña estructura cerebral, la amígdala, que aparece representada en la imagen de la derecha.
Posiblemente, sea una de las emociones menos deseadas. Nadie quiere padecerla, huimos de ella cuando buscamos seguridad y cobijo. Y no nos damos cuenta de que la propia búsqueda de un lugar seguro no es otra cosa que una manifestación de esa pulsión de la que pretendemos huir. Hablamos del miedo, una sensación que, en palabras del escritor Vicente Verdú, da forma a la condición humana porque se ha diagnosticado que toda civilización es producto de una larga lucha contra el temor.
En realidad, el miedo es una estrategia de supervivencia, una reacción totalmente normal fruto de nuestro milenario proceso de adaptación al medio que aflora cuando nos enfrentamos a situaciones desconocidas o ante objetos, personas y cosas que suponen una amenaza.
A pesar de ello, ningún ser humano termina por acostumbrarse totalmente a él. Pueden mitigarse sus efectos, disimularse sus consecuencias o anticiparse su acción, pero todo individuo tiene un umbral de temor que puede hacerle salirse de sus casillas en un momento determinado.
No es extraño que la emoción del miedo genere tanta tensión en nosotros: cuando se activan las señales de alarma, el organismo recibe una catarata de instrucciones y comienza una larga lista de reacciones físicas de diferente intensidad. El ritmo cardiaco se acelera, aumenta la sudoración, se tensan los músculos, la respiración es más pesada, aparecen temblores, se eriza el cabello y aumenta la presión arterial. La muestra más dramática de estos efectos fisiológicos es la imposibilidad absoluta de contener las heces o la orina que padecen las personas sometidas a un pavor agudo y que ha dado lugar a la expresión popular cagarse de miedo.
Hasta aquí, la mayoría de los síntomas son comunes a casi todos los mortales y cualquiera de nosotros podría identificar más de un acontecimiento vital que nos ha sometido a alguno de los estados indicados. Podría parecer que el miedo es una emoción única y universal. Pero, en realidad, hay muchos tipos de temor y muchos grados de intensidad de esta emoción desagradable. Entre los científicos, los neurólogos suelen utilizar la palabra miedo para definir la relación empírica entre dos acontecimientos de laboratorio: por ejemplo, cuando una rata se contrae tras ver una luz roja que previamente se ha asociado a una descarga eléctrica. Para los psiquiatras, psicólogos y la mayoría de los ciudadanos, la palabra miedo, sin embargo, significa una experiencia consciente. Así pues, parece evidente que hay distintos tipos de temor con sus características psicológicas y fisiológicas propias y que deben ser distinguidos de los procesos de ansiedad o de estrés que cursan de modo muy diferente.