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SEXO Y PODER

 


Sexo: arma infalible


Lo más difícil del sexo es justamente eso: que sea sólo sexo. Que se trate de un intercambio corporal, que provoca sensaciones y reacciones físicas y químicas, que trata de llegar a un extremo de placer sensorial, lo que implica descarga energética o, desde el punto de vista psicoanalítico, libido “hemos fijado el concepto de la libido como una fuerza cuantitativamente variable que nos permite medir los procesos anímicos y, por tanto, le atribuimos también un carácter cualitativo.En la distinción entre energías psíquicas libidinosas y otras de carcater distinto expresamos la suposición de que los procesos sexuales del organismo se diferencian por una química particular de los procesos de la nutrición”. Freud explica en este párrafo sobre libido, la naturaleza distintiva de la energía sexual. El sexo es la base del psicoanálisis ... inocentes e ingenuos aquellos que creen que el sexo es solo esa horita (en los mejores casos) en la que “él y ella” lo hacen.

La promesa abstracta de sexo o el castigo amenazante de la falta del mismo es lo que conduce a la mayoría de nuestras acciones que van desde un halago falso, hasta una invasión militar. Ese poder, el del sexo, es inconmensurable, y damos todo para poder dar con ésto que para nuestras mentes y nuestros procesos psíquicos no es más ni menos que el oxígeno. Y a veces hasta creemos que lo hacemos por otras razones.

En una de las entregas de la famosa saga para televisión de Steven Spielberg “Amazing Stories”, una parejita de jóvenes estudiantes intentan deshacerse de un profesor gruñón y exigente que hace de la vida de sus alumnos un calvario. La chica de la pareja (Mary Stuart Masterson) es el cerebro de la operación y su noviecito nada más que el apoyo, seguidor y ejecutante. La idea era cortarle la cabeza al profesor, que era Christopher Lloyd. En un momento de la historia, y con la cabeza ya separada del cuerpo Lloyd le dice al jóven con quien en ese momento compartía plano, algo así como “todo esto es por el sexo... bien sabe que la razón por la cual usted está metido en este lío es por la promesa implícita de sexo que conlleva haber cedido a los deseos de esa jovencita presumida”. El muchacho corre aterrorizado de haber visto una cabeza que salida de su cuerpo, hable. Y el profesor vuelve a gritar “Es solo sexo...”.

Tenía razón Lloyd. La promesa de sexo aunque lejana o simbólica, maneja nuestros actos de una forma instintiva e irracional. No creo que haga falta ya aclarar que cuando decimos “sexo” no nos referimos a lo genital del asunto, sino sexo en su sentido amplio, global. Sexo como energía de vida, como conquista, como necesidad en la que participa el deseo y la consecución del mismo respecto a un objeto deseado. Los manejos que hay detrás de esa necesidad de “oxigeno” pueden llegar a determinar no sólo actos fundamentales y decisiones en nuestra vida, sino en la de pueblos y civilizaciones. Dejaremos para una próxima vez, el capitulo “destinos de pueblos ideados por emperadores acomplejados, reyes impotentes y conquistadores narcisistas”. Esta vez nos quedamos con nuestras propias decisiones, renuncias y conductas; y sus orígenes reales.

Una mujer de 60 años, inteligente pero insegura y con una fuerte frustración sexual, comienza a salir con un hombre de 40 años, ex marido de una ex amiga íntima (¿me siguen?). Ella a la relación aporta seguridad, contención y afecto. Él aporta sexo seguro y una gran inyección de autoestima. Él pierde la posibilidad de relacionarse con alguien que le pueda dar hijos y ella paga el revolcón con todo lo que puede: el consentimiento de todo lo que haga falta consentir, su arsenal económico (mayor que el de él) a disposición de unos momentos compartidos y la esperanza de que él no se de cuenta de que eso no funcionará. Ella paga con creces el sexo que ha llegado; y él paga con sexo la nueva vida bonita que ahora tiene. El sexo es la clave y lo demás son excusas.

Consentir más allá de las propias convicciones, hacer caer nuestras pocas (siempre son pocas) propiedades intelectuales a cambio de sexo es la experiencia mas repetida que conozco. Ver a una empleada pública malhumorada y gruñona, que trata mejor a un hombre que a una mujer y peor aún, trata de maravillas a un hombre simpático, joven y que está solo, es un ejemplo cotidiano. El guardia de seguridad que detuvo a todos los periodistas que querían meterse en el hotel donde se aloja la estrella de turno, pero que llega la fotógrafa sexy y él la deja pasar bajo un “pasa, pero yo jamás en mi vida te vi” y un guiño del ojo izquierdo; la pobre a cuyo novio no le gusta tal amiga suya y, de a poco, se aleja de esa buena amiga con la excusa de ésta vida estresante, y así deja de verla y no contraría a su novio.

Aquel que se convence de la conveniencia de no incluir a sus familiares en sus celebraciones de cumpleaños porque a su novia no le caen bien los familiares y aunque él es familiero encuentra una excusa para hacer las cosas al modo de ella, que es quien está llevando las riendas sexuales del asunto. Esto es, hay uno que amenaza y otro que se somete. El sexo es un arma con la cual están los que apuntan y los que están apuntados. Están los que se muestran capaces de usar esa arma para hacerte feliz y los que hacen lo que sea para uses esa arma a favor de ellos.

Si esto es inevitable, que al menos nos toque darnos cuenta y hacer en nuestras relaciones o futuras relaciones que ese sitio sea alternativo y que se trabaje para una sintonía sana y un sexo que sea sólo eso: sexo. Que con eso alcanza y sobra.