Entre el culebrón y el experimento
Mientras el vídeo continúa su imparable carrera para copar el género, el cine X empieza a partir de 1982 su cuesta abajo: la demanda decae, a pesar del regreso de ilustres veteranos, y los argumentos se vuelven repetitivos.
Chuck Vincent, uno de los más reputados directores y productores de cine X, afirmó en 1988 que el declive del mercado había comenzado en 1982. En aquel año, las compañías de vídeo todavía pagaban entre 40.000 y 60.000 dólares por los derechos de edición de un filme porno, pero esas cifras ya se encontraban en franca decadencia por el irresistible avance del soporte de vídeo.
Las razones del retroceso del cine X son diversas y largas de explicar. Van desde los escándalos que acompañaron a algunas de sus estrellas –normalmente ligadas al consumo indiscriminado de drogas– hasta un cierto agotamiento de las fórmulas narrativas y argumentales. Sea por lo que fuere, en 1982 el cine X comienza a presentar síntomas de recesión.
Algunas películas repiten los esquemas de otras producidas años antes (como Centerfold fever, de Richard Milner, que copia gags de la comedia periodística Honeypie, o Nothing to hide, de Anthony Spinelli, casi una secuela de Talk dirty to me) y otras muchas reproducen el modelo dominante en la sociedad televisiva de la época: el culebrón.
Tal es el caso de Hot Dallas nights, de Tony Kendrick, una alocada parodia de Dallas, la serie de televisión que triunfa en Estados Unidos; Roommates, de Chuck Vincent, comedia sobre las desventuras de una prostituta de lujo (Samantha Fox), una aspirante a actriz (Veronica Hart) y una modelo de segunda división (Kelly Nichols) que comparten piso; Peaches & Cream, de Robert McCallum, película-río sobre una joven campesina que llega a la gran ciudad, y Wanda whips Wall Street, de Larry Revene, la historia de una mujer de negocios que asciende vertiginosamente gracias a sus habilidades sexuales.
Además, la escasez de ideas se tradujo también en la recuperación, a golpe de talonario, de antiguas estrellas del género retiradas prematuramente, como Harry Reems en Society affairs y Constance Money, la recordada protagonista de Paraíso porno, en A taste of Money. En ambos casos, su vuelta al porno fue fugaz. Al lado de esta obsesión por el culebrón, algunos directores intentaban buscar una salida para el anquilosamiento del género mediante películas de corte vanguardista.
La más notable de todas fue Cafe Flesh, de Rinse Dream, un drama futurista lleno de referencias culturales y con un pesimismo que le acercaba a los clásicos de los setenta. El filme del inquieto Dream ha pasado a la historia como una de las pocas películas de culto que ha dado el porno. Lejos del planteamiento vanguardista de Dream, pero con un indiscutible afán de innovación, se encuentran los intentos por realizar un cine más objetivo, centrado en la mirada de la mujer, de películas como The Dancers, de Anthony Spinelli, sobre las andanzas de cuatro bailarines de strip-tease, o The Playgirl, de Roberta Findlay, que aporta el punto de vista femenino al tema de la infidelidad matrimonial.
Dentro de los esfuerzos por refrescar el panorama del cine X hay que situar también la recuperación del documental erótico, tan popular en los primeros setenta, por parte de Gerard Damiano en Consenting Adults, o el atípico intento por realizar un porno anti-erótico de corte experimental a cargo de Richard Mahler con Midnight Heat.
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