Sexo a la carta
Un lustro después de su penetración en la sociedad estadounidense, el cine X gozaba de buena salud. La sociedad americana había alcanzado un grado de madurez tal que cualquier perversión sexual en la pantalla era acogida con entusiasmo.
En 1977, Radley Metzger, que había asombrado al público dos años atrás con Sensuales tardes con Pamela, osaría filmar un porno cuyos valores cinematográficos se supeditaban al interés sexual. Esta porción de pornografía pura se llamó Barbara Broadcast y entraba de lleno en las relaciones perversas que se pueden establecer entre el sexo y la comida en el marco de un restaurante.
Salsas con esperma, camareras que se ofrecen como postre o platos con sabor a flujo vaginal son algunos de los ingredientes de este guiso visual por el que Metzger se asomaba al balcón de la perversidad y que los años han convertido en un clásico.
Pero no todas las perversiones del ya maduro porno americano tenían un componente alimenticio. Rayando la estricta legislación norteamericana sobre menores, Alex de Renzy realizaría ese mismo año Baby Face, la historia de un hombre seducido por una adolescente y perseguido por su afrentada y furiosa madre.
La protagonista, Cuddles Malone, era mayor de edad en el momento de actuar en el filme, pero su cándido aspecto le hacía aparentar no más de 15 años. Baby Face introduciría en el género la fascinación por las muchachitas en la flor de la vida, un tema que se desarrollaría ampliamente durante los años siguientes y que proporcionaría un buen número de rostros juveniles a la inagotable imaginería del porno.
El sustrato de necrofilia que despide Soft places, de Wray Hamilton, es perverso, pero más lo es la lluvia dorada a la que se somete Annette Haven con tal de cumplir los designios de su difunto marido en esa película. Tanto como su ambigua personalidad en Visions of Clair, de Thomas Erp, uno de los filmes más enigmáticos de aquel año. La continua utilización de los espejos, el empleo de coreografías y danzas sexuales y su simbolismo (que recuerda en muchos momentos a la atípica A través del espejo) hicieron de la película de Erp uno de los referentes culturales de la época.
La recreación del subconsciente también servía para desarrollar las más intrincadas fantasías. En Midnight Desires, de Amanda Barton, dos parejas se cuentan sus perversiones sexuales y, posteriormente, las pasan por el tamiz del psicoanálisis; en Honeymoon Haven, el dueño de un pequeño hotel relata las aventuras sexuales de antiguos clientes; y en Her last fling, de Bruce van Buren, la propia protagonista de la historia se atreve a llevar a cabo sus más íntimos deseos al conocer por boca de un médico que le quedan sólo tres o cuatro meses de vida.
La protagonista de Her last fling se entrega al sexo participando en un grupo que organiza orgías. La orgía, herencia directa de los felices años de la contracultura, todavía conservaba su halo de transgresión en la edad de oro del porno norteamericano, aunque ya no era un elemento tan recurrente como algunos años atrás. El sexo en grupo iba a dejar paso, poco a poco, a la imaginación, la puesta en imágenes de los deseos ocultos y las relaciones sexuales libres pero dentro de un orden.
Fuente:zetainterviu.com
![]()