Solo en el closet
Fue durante las entusiastas clases de música del señor Santana -sí, ese era su nombre- que me di cuenta que estaba enamorado. Frente a mi, en el circulo formado por mis compañeros alrededor de un viejo tocadiscos que lanzaba los acordes de alguna sinfonía de Bach quebrando el silencio del patio del colegio de los Padres Holandeses, estaba Nicolás Allende. Era el comienzo de una de esas primaveras que ya no existen sino en la memoria, y el sol de la mañana caía suave sobre su pelo rubio. Tenia el brazo derecho levantado y apoyado sobre su cabeza, como si estuviera aburrido o a punto de caer dormido, las piernas estiradas como las de un bailarín, y los ojos cerrados. Sus labios estaban entreabiertos y, por un segundo, imaginé como sería besarlo.
A los trece años sentí por primera vez esa mezcla de deseo y ternura que los poetas y guionistas de teleseries llaman amor. Pero el sentimiento no vino solo. Junto con el corazón acelerado, el nerviosismo, la excitación y la adrenalina, llego también una sensación de absoluto terror que seria la compañia perfecta, durante muchos años, de la soledad. Lo mas probable es que Nicolás, si hubiera descubierto lo que sentía por el, hubiera respondido con una golpiza. Ah, el primer amor gay.
El resto de mi vida no iba mucho mejor. Siguiendo el mas bochornoso de los arquetipos, nunca fui talentoso para los deportes, y el fútbol, deporte-religion en Sudamérica, se convirtió en mi semanal tortura. Siguiendo quien sabe que endemoniada practica académica, nuestro profesor de educación física tenia la costumbre de dividir al curso en dos equipos. Para seleccionarlos, los dos deportistas estrellas - Nicolás era uno de ellos, hmmmm- avanzaban un paso adelante y, uno a uno, iban escogiendo a los miembros de su grupo. No hubo una sola vez, en casi seis años, en que no quedara entre los últimos cuatro. Tres de nosotros éramos gay. El cuarto, no mas alto que un paraguas regular y con anteojos ópticos tan gruesos como el fondo de una botella, era simplemente pésimo para el fútbol.
No es casualidad que el índice de suicidios entre adolescentes gay en Latinoamérica sea uno de los mas altos del mundo. "Prefiero tener un hijo ladrón que maricón" es una frase recurrente en esas tierras, y son pocos los programas de humor en la televisión que no tienen, como personaje infaltable, un patético homosexual cuya mayor contribución al show es agitar sus pestañas y maños como mariposas con la unica intención de hacer reír a los televidentes.
Los gay latinoamericaños crecen con los mismos prejuicios que el resto de los habitantes del continente. Ellos también creen, en gran medida, que gay es sinónimo de pervertido, pedofilo, criminal y pecador. ¿Quien quiere ser parte de semejante clan? Hasta hace poco no existían grupos de apoyo ni personajes abiertamente homosexuales que pudieran servir como ejemplo de que una vida relativamente normal estaba dentro de las posibilidades. No había abogados, deportistas ni políticos gay. No había parejas abiertamente gay. No había militares gay, no había estrellas de cine ni padres de familia gay. Al parecer, no había nadie gay en todo el continente.
Es difícil explicar el sentimiento de aislamiento y soledad que, a los trece años, ese universo puede provocar.
Crecer gay en Latinoamérica es como crecer en un campo minado. Después de un tiempo uno aprende a caminar en puntillas y reconoce, desde lejos, donde esta el peligro. La mentira se convierte en el mejor escudo, y preguntas tan simples como ¿Que hiciste anoche?, requieren de una mente rápida y adiestrada para dar respuesta. La practica es, por decir lo menos, agotadora. Es imposible mantener el frágil equilibrio de mentira tras mentira sin que, en algún momento, toda la cuidadosamente armada estructura caiga estrepitosamente.
A los cuarenta años, después de toda una vida cuidando su imagen, un abogado al que conozco recibió una llamada anónima amenazando con revelar "el secreto" si no había un pago de por medio. En el conservador estudio del que era socio ni siquiera se aceptaban hombres separados. Admirablemente, y probablemente cansado de sus propias pantallas, el abogado respondió escuetamente con un simple "haga lo que quiera".
No todos son capaces de la misma audacia, y no son pocos los que con la excusa de ir a comprar cigarros o una imprevista reunión de negocios, abandonan esposa e hijos y salen en sus autos a buscar rápida y satisfactoria compañia en calles que son un secreto a voces.
Es fácil culparlos. Después de todo, podría pensar cualquiera, una cosa es ser gay y otra muy distinta engañar a familias, amigos y colegas. Pero en muchos casos se trata de una simple estrategia de supervivencia. Aun en estos días, cuando Elton John es tratado como "Sir", Ellen Degeneres es invitada a comer a la Casa Blanca y el termino "fuera del closet" es conocido por todos, en Latinoamérica se vive una atmósfera homofobica no muy distinta a la que existía hace cincuenta años. Un hombre o mujer gay, si es descubierto, puede perder su trabajo, sus amigos y su familia.
Hay quienes sostienen que la homosexualidad es una opción, una decisión premeditada, una cuestión de libre albedrío. Puede que en algunos casos lo sea, no lo se.
Si hubiera podido, esa gloriosa mañana de primavera hubiera alejado mis ojos de Nicolás. Pero no pude.
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