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EROTISMO EN EL MUNDO

 

COSTUMBRES Y TRADICIONES

Desde tiempos remotos el hombre ha sentido una desmesurada admiración hacia los órganos sexuales a través de los cuales se ha perpetuado la especie. El reconocimiento lleva implícito la existencia de una fuerza superior que hace perdurar la vida. Se dice que entre los instintos animales, el de la reproducción es uno de los más imperiosos. Es este acto el que empuja a la
actividad sexual, y la costumbre la que genera múltiples formas en su realización y consumación.

Diversos son los ceremoniales que han acompañado a través de la historia a la solicitación y aproximación del varón hacia la mujer, y hasta su aceptación ha sido incluso precedida de un ritual condicionado a las normas de diferentes culturas existentes en el universo.

La historia de la humanidad está salpicada por varios ejemplos de ritos sexuales extraños, anómalos o desmedidos, de formas simples o complicadas, de actitudes equívocas u ortodoxas que atraen la atención en la medida en que se apartan de la línea de comportamiento denominado como normal o natural.

En Francia, Inglaterra, Australia, Grecia, se han hallado grabados en cavernas (esbozos con trazos torpes pero firmes, y sobre todo, muy explícitos) de pinturas representando hombres y mujeres en posición sugerente.
Los egipcios hacían fiestas en honor del dios de la fecundidad.Para celebrarlo, se formaba un cortejo de sacerdotisas que portaban una efigie del dios (además de imágenes masculinas y enormes falos) y que al son de las flautas danzaban moviéndose a su entera libertad. El miembro viril aparecía desproporcionado a la figurilla de tal modo que destacaba aparatosamente como parte primordial y objeto de la celebración religiosa.
En Grecia se llevaban a cabo de igual manera los festejos en honor del dios Dionisios.


En Hierápolis existía un templo erigido en honor del Dionisios ante el cual se levantaban en forma de falo, dos columnas de 54 metros de altura. Un hombre ascendía hasta la parte superior de estas, en tanto, en la base, uno de sus compañeros, recogía las ofrendas que la admiración de los fieles depositaban En el interior de dicho recinto que era consagrado a Hera, había también una figura masculina dotada de un enorme pene. Sin embargo, la más típica de las consagraciones al sexo se encuentra en el culto a Príamo, dios griego a quien los etruscos representaban sentado en cuclillas, con un vientre enorme y un sexo gigantesco en erección que estaba enteramente al descubierto.


Asimismo, hay iconos del sexo femenino que generalmente se mostraban en forma de círculo. En épocas antiquísimas se sugerían mediante el empleo de columnas o aberturas de manera oval o redondo.

En la India donde estaba muy difundido el culto al lingam u órgano sexual masculino, las féminas acostumbraban llevar al cuello una especie de amuleto sagrado que similaba un cuerno, y era precisamente un lingam, objeto de particular respeto y veneración.


Por otra parte, el pensamiento de Londres, precisaba que si ellas querían tener descendencia, debían acudir a celebrar una simbólica unión con el principio masculino, tocando el menhir de Bourg de Oueil. Mientras que en los Alpes, concretamente en Saint Ours, las doncellas que desean contraer nupcias, debían sentarse sobre una piedra sagrada.

El Erotismo en la Prehistoria


Se concibe esta época desde la formación de la tierra hasta la aparición del ancestro directo del hombre en la que pasan varios miles de millones de años, para que, seres vivos, evolucionen hacia formas cada vez más avanzadas.


La figura femenina más antigua del mundo, con una edad calculada en aproximadamente 20 mil años fue hallada en Austria, a ciento cincuenta kilómetros de Viena, por unos obreros que tropezaron con un aglomerado calcáreo en el curso de una construcción de una vía férrea. Se trataba de una imagen de once centímetros de altura que a punto estuvo de ser relegada al olvido si no ha sido por la oportuna intervención de unos arqueólogos que evitaron la desaparición de los más importantes hallazgos de la Historia. La imagen encontrada, tenía un enorme vientre así como unos grandes senos y robustos muslos perfectamente bien configurados siendo que el resto de los detalles anatómicos quedaban totalmente desdibujados, casi olvidados.

El hombre del Auriñaciense y del Magdaleniense, en medio de un cúmulo de dificultades terrenales, impulsado por el hambre y por el instinto de autodefensa, acosado por animales extraños y por seres de otras tribus y razas, se daba tiempo para representar en las paredes de las cavernas y habitáculos, imágenes femeninas y masculinas en actitud francamente erótica como las de la gruta de Laussel.

Bajorrelieves en hueso, descubiertos en la cueva de Istauritz, en el país vasco, recogen asimismo, impresiones eróticas con la intervención de ambos sexos. Uno de las muestras más elocuentes representa a un hombre en actitud de súplica y arrobo ante una mujer. Ella permanece en pie contemplando a su compañero que, de rodillas ante ella, parece solicitar su amor. Es ésta una escena que se ha repetido muchas veces a lo largo de los siglos y que pertenece al más clásico de los repertorios eróticos de los cuales está salpicado toda la prehistoria.

La característica principal de las muestras de éste género consiste en la concepción de la mujer como sexo y motivo de pensamientos y sugerencias de este tipo, sin tomar en cuenta a la maternidad. Tal vez el único testimonio que se tiene de que la mujer no se le tomaba o se le representaba con otro sentido que el del propio acto sexual, se encuentra en la provincia de Valencia, España, en una pintura rupestre que parece mostrar a ella recogiendo miel, subida a una especie de escala hecha con lianas.

En la época de la Antigüedad, la descendencia carecía de significado y aunque se celebraba la llegada de los hijos, éstos no eran específicamente deseados. Sin embargo, más tarde, con la aparición de la cultura de los cereales en el Valle del río Nilo, se rindió culto a la fecundidad que fue considerada como una virtud femenina dada también las condiciones de la época: se requerían brazos jóvenes para el cultivo del suelo para obtener una mejor cosecha. No se reconocía la atribución de la paternidad a un individuo determinado. Sólo la maternidad era un punto de referencia seguro. Por lo demás, se satisfacían en común y en grupos similares las más urgentes necesidades.


Todo conduce a la idea del sexo puro, sin aditamentos, sin cobertura, natural y desmedido, sin otro tabú que el impuesto por medio de la repetición de los ciclos menstruales en la mujer. De esta manera, la vida en común durante la Prehistoria quedó referida a la promiscuidad sexual absoluta porque el varón se acercaba a todas las hembras en demanda de satisfacción a sus apetitos carnales, al menos a todas aquellas que no tuvieran algún compromiso aparente. Una danza rítmica acompasada por palmadas o golpes sobre el cráneo de animales, y sazonada por el canturreo del grupo reunido, era la señal que daba inicio al apareamiento entre los participantes, hecho que favorecía la aproximación sexual con vistas a una fecunda procreación.

El Erotismo en la Antiguedad

En ésta época que abarca desde aproximadamente 4 mil años a. de c., hasta el fin del Imperio Romano de Occidente, en el año 476 d. de C., las costumbres sexuales presentaban en el antiguo Egipto cierta posición privilegiada de la mujer, dueña y señora de los deseos del varón, por lo que se convertía en objeto de contemplación y de culto por parte del pueblo.

El principio de la feminidad regía todas las manifestaciones de la vida pública. Sin embargo, también se observaban testimonios referentes a la tradición incestuosa de sus enlaces reales como norma en la sucesión faraónica. Las reinas eran infieles y no se diga de los faraones. Ramsés II tuvo más de cien hijos, los cuales fueron engendrados fuera del matrimonio.


Conocida era la reputación de algunas hembras egipcias como Cleopatra quien a pesar de mostrar rara avidez sexual, dicha actitud no la excluía en su trato con los hombres de clase inferior, aunque sus favoritos desaparecían de la escena una vez estimulado y satisfecho el deseo de la reina. La relación de un hombre de casta con una plebeya ennoblecía a la hembra,mientras que las establecidas por una mujer de clase alta con uno del pueblo, la denigraba.

El matrimonio era una carga para aquel con escasos recursos económicos, por lo que procuraba unirse a una sola mujer, o en casos excepcionales a varias. Del contrato matrimonial se desprendía que ella pasaba a constituir una propiedad del marido, y si bien tenía derechos y libertad, debía guardar fidelidad al esposo, darle hijos y educarlos. En cambio, las costumbres sexuales entre la plebe mostraban una extraordinaria libertad en este campo.

Aquellas mujeres prontas a contraer nupcias, debían antes rendir culto a Milita, símbolo del amor y de la fecundidad a quien le donaban su virginidad. El sacerdote se encargaba de recibir a la muchacha casamentera a la puerta del templo para llevarla por el interior del mismo y conducirla hasta a donde habría de entregarse a un desconocido. El hombre no importaba, bastaba con que tuviera las monedas que la diosa con imagen sugerente exigía como don.

El acto mismo de la ofrenda de la virginidad era lo que cobraba realce en dicho ritual antiguo que se consideraba venerable. Ella no podía entregarse a aquel ser humano que verdaderamente amaba sin antes complacer a Milita (representada con una mano en el pecho sosteniendo una paloma y la otra a la altura del vientre con la mano extendida), que podía en venganza, cegar las fuentes de una deseable fecundidad, negándole así la base que constituye un matrimonio.

Desde que en el próximo oriente comenzó a extenderse el culto a la fecundidad y desde el momento en que la celebración de diversas ceremonias religiosas halló lrefugió en el interior de los templos, apareció como modalidad ritual la llamada prostitución religiosa que se extendió a partir del culto a la diosa fenicia Astarté, la Milita babilónica, la Isthar asiria y la Astariot hebrea, diosas del amor vivificante y fecundo.

La finalidad que las impulsaba a entrar en los templos e integrarse en la categoría de prostitutas iba desde la necesidad de compensar a la diosa por la exclusividad de su cercano matrimonio hasta el hecho de proveerse de una dote conveniente. Del precio cobrado, una parte era para ellas, mientras que el resto formaba parte del caudal del templo o era destinado al mantenimiento de los sacerdotes y servidumbre. Las prostitutas sagradas solían vivir en los templos bajo la severa custodia del gran sacerdote que cuidaba que las acciones de ellas siempre fueran dignas.

Dentro del cometido de ellas, estaba el danzar delante de la estatua de la diosa como preliminar obligado a la practica del acto sexual o como homenaje a la divinidad en el curso de las grandes celebraciones. Cabe señalar que para mantener en todo momento el carácter de "servidoras sagradas", era necesario que se mantuvieran en el recinto del templo, fuera del cual perdían la condición de tales


El Erotismo en la Edad Media

La Edad Media es el milenio entre la caída del Imperio Romano de Occidente y la del Imperio Romano de Oriente. Recibe su nombre porque los pensadores del Renacimiento la consideraron una época intermedia entre los dos grandes periodos de la humanidad: La Antigüedad y el Renacimiento.

Dentro de esta etapa, el cristiano se vio sometido a un recrudecimiento en la represión de los pecados de la carne. La lujuria era el principal enemigo a combatir.

En la Edad Media fue muy famosa la historia de Eloisa y Abelardo.
Ella tenía dieciséis años y él cerca de cuarenta, sin embargo, el amor prendió sus corazones a tal extremo que iniciaron una relación que no se podía ocultar por mucho tiempo. Abelardo entonces la hizo marchar en secreto a Bretaña a casa de su hermana donde Eloisa dio a luz a un niño. Pero, el canónigo Fulberto a quien había sido confiada esta muchacha (que era su sobrina), al enterarse de tal situación, se enfureció por la falta de honradez de su huésped que había faltado a la más simple hospitalidad ridiculizándole, por lo que tomó venganza del modo más horrible: Una noche, cuando Abelardo se hallaba entregado al sueño, perpetraron furtivamente varios hombres (entre ellos el canónigo) para castrarlo cruelmente.

La consecuencia de este hecho que se difundió entre los estudiantes, tuvo como fin que ambos protagonistas tuvieran que retirarse a sendos conventos. Abelardo llegó a fundar un monasterio en el que, debido al amor que se seguían profesando, Eloisa halló, tiempo después, refugio. Antes de su muerte, él fue un pobre clérigo perseguido y acongojado. Ella por su parte, gozó de fama, consideración y murió siendo respetada abadesa.

Durante este periodo se dio también el florecimiento de una nueva moral: la caballeresca. Un conjunto de reglas configuró las relaciones entre caballero y dama, exaltando las virtudes amorosas insertas en la feminidad, excepto quizá la de ser fiel dado que sobresalió el adulterio.

El amor fue ensalzado hasta la saciedad aunque este no tuviera ningún interés carnal. Se hizo costumbre realizar certámenes llamados "Cortes de amor" en los que se hacía gala de la destreza amatoria en todos los aspectos, al mismo tiempo que se exhibían las dotes literarias e ingenio de los amantes que pugnaban por deslumbrar a las damas respectivas.
La soledad y el aislamiento quedaban de lado con este tipo de actividades, ya que mientras el marido partía para atender sus deberes, formando parte de cualquiera de las expediciones bélicas, ella se entregaba a las delicias amorosas en brazos del amante, trovador o caballero, a pesar de haberse adoptado utilizar el cinturón de castidad para evitar así el acercamiento entre los sexos, situación que denotaba la profunda ruptura que había entre marido y mujer.

El amor y el matrimonio eran dos conceptos totalmente distintos, pues se afirmaba que un enlace acababa con todo sentimiento amoroso y pasional aunque podía en el mejor de los casos, nacer entre los cónyuges un afecto permanente. Las relaciones adúlteras entre un joven caballero y la esposa de un señor feudal se hicieron costumbre "tolerada". El romper una lanza en favor de la dama respectiva, poniendo en juego la vida de la empresa, constituyó un riesgo natural y lógico al que debían someterse todos los caballeros que se tuvieran como tales. Los jóvenes podían entregarse con entera libertad antes de concertar matrimonio. Las únicas obstrucciones eran las costumbres de su tribu.