CYBERSEX: EL SEXO DESVIRTUADO

En abril 2002: 2665 millones de navegantes visitan sitios de sexo y pornografía en Internet

“Sentado frente a ti, puedo observar perfectamente el exquisito contorno de tus piernas... su curva magnífica, su tersura y dureza... sus rodillas, guardianas de su secreto... el arranque de tus muslos, que me incitan a besarlos... Los beso, he debido quitarte las medias y al final he conseguido besar tus muslos por su cara interior, y dibujar figuritas con mis labios y mi lengua en ellos.. sintiendo tu piel estremecerse, sentir tu mirada de deseo, tu respiración que grita más y más, los latidos de tu corazón que permanece a la espera.. saboreando cada gota de tu amor, sintiendo cada centímetro de su húmedo calor, saciando en ti mi sed, esperando que derrames en mi boca el salvaje contenido de tu orgasmo.. ."

Esto es lo mas romántico y delicado que pueden encontrar en la cibersex, amigos míos. Está escrito por alguien sin nombre hacia alguien a quien no conoce. El único punto de encuentro es una página de citas amorosas en la cuál hombres y mujeres de todas las edades dejan alguna huella de quienes son (o quienes dicen ser, o quienes quieren ser, o quienes creen ser) y a través de la página uno da con el catálogo, elige presa y le escribe. Esto puede, todavía, ser romántico aunque nadie sabe a quien le habla y tu no eres nadie para quien te contesta. Pasemos al porno.

Hay una página de pornografía, que porta el status de ser la página de sexo más visitada en el mundo. Al entrar te encuentras con diferentes web sites para todos los gustos: sexo en cartoons, teenagers, lesbianas, sexo interracial, sexo japonés, mujeres obesas abriendo las aberturas y lidiando con las carnes, sexo televisado, sexchat con imágenes en vivo...
Videos, chats, fotos, desnudos, sexo duro, sadomasoquismo, doble penetración, vouyerismo, masturbación, fetichismo...


En todos los casos hay una muestra gratis a través de la cuál se puede ver de que va el tema. Una flecha con el letrero “free- tour” te lleva hasta que al tercer click aparece el formulario donde habrá que dar datos y número de tarjeta de crédito, para así convertirse en miembro y gozar del asunto a lo grande. Cuesta desde 2.99 hasta 9.99 dólares con duración determinada.

En el contrato de admisión, figura el nombre con el que aparecerá el cargo en la factura mensual de la tarjeta (que disimulara la naturaleza del producto) y la promesa acérrima de anonimato como cliente.

Son 25 millones de estadounidenses los que lo practican como mínimo durante 10 horas a la semana. Para muchos ha dejado de ser una curiosidad y se ha convertido en una obsesión. El 70% de estas personas se conecta a espaldas de su familia o trabajo.


Falta meterse con lo más reciente, los trajes de neopreno con sensores conectados al ordenador que reciben estímulos a través de la net, de gente que está del otro lado de esa comunicación.

La descripción tecnológica sería muy larga, así que quitémosle capas a la cebolla (esta cebolla es enorme) para llegar al corazón (si es que podemos). Quitemos todo el rubro negocio y dinero; quitemos las posibilidades tecnológicas; quitemos la capacidad económica de cada uno para acceder. Quitemos la laguna legal que existe en este aspecto que implica una enorme falta de control del material exhibido. Quitemos la falta real de protección a menores. Nos queda, en algún lado, el hombre.

En la universidad, había en el panel de anuncios un cartel donde aparecía la palabra “sexo” en una letra tan grande que se podía ver desde el otro lado del pasillo. Debajo, más pequeño, decía: “Ahora que hemos atraído tu atención, queremos invitarte a que participes de la jornada de solidaridad de ayuda a los damnificados...”. Un buen truco publicitario. Divertido. Todo el mundo leía ese cartel.


La palabra “sexo”, la idea “sexo” es perturbadora, atractiva, inevitable, incitante. Según una corriente sociológica, el fín último del hombre es la reproducción. Ello implica sexo. Ello implica ser el más fuerte para así atraer a la hembra, que querrá tener descendencia con quien asegure la supervivencia de la cría. La postura es enérgica y englobar la vocación, las metas profesionales, la capacidad artística, el coche, el prestigio, el poder y el dinero en el conjunto de elementos “para ser fuertes y atraer a la hembra” puede ser excesivo.

Los psicólogos americanos hablan de “adulterio electrónico” de “crisis familiar” y de “posibles adicciones compulsivos al cibersexo”. Lo cierto es que gracias a esto, tímidos y fobicos pueden tomarse la licencia de entablar una relación sin contacto físico alentados por el anonimato que brinda Internet, así como los inseguros de sí mismos, ya que se trata de acceder a nuestros propios sentidos y excitación sin ser evaluados. Ese era el truco.

Creo que en este tema (al que volveremos, porque es demasiado extenso y apenas comenzamos) podríamos apuntar:

Si creíamos que el órgano sexual más potente es el cerebro, este fenómeno lo ratifica. La única diferencia entre el cibersexo con las películas y revistas pornográficas (voy yendo del presente hacia el pasado), los libros libertinos, las postales japonesas con imágenes mujeres desnudas, los huacos incaicos eróticos y “Filosofía en el Tocador” –libro que recomiendo- del Marques de Sade; es el soporte tecnológico. Es irrefrenable el impulso a meterse (o inmiscuirse, o espiar, o curiosear) por ese mundo de placeres, donde los sentidos se disparan y donde nuestra parte más animal aflora siempre aunque con matices. (no es lo mismo Daniel Day-Lewis en “The Age of the Innocence” que John Malkovich en “Dangerous Liasons”),

Si hubiere adicción, no será por el medio utilizado, seguramente la estructura mental adictiva sería anterior y se adaptó a esta práctica como podía haberlo hecho al trabajo, al alcohol o al chocolate.
Las patologías nacen desde otros lados, no de Internet.
Quien está terminando de escribir este articulo, confiesa que prefiere la relación en vivo. Es la única forma de poner a trabajar a los 5 sentidos en lugar de solo a 2. Que el cerébro registre la sensación, pero que el canal sea la piel, sean los olores, sea el gusto, es un placer que es una pena perderse.

Tomando las palabras del psicólogo Emilio Lafferranderie: “No deja de sorprender que la psique se haya convertido en un fenómeno artificial... el siglo acaba con el repliegue de la fantasía y la afirmación de una psique próxima a la cibernética y a la duplicación asistida,... y la caída de aquello que da singularidad al sujeto (lo simbólico y su contracara, el deseo)”
Es una perdida mas de singularidad. Nada más.


¿Qué opinas de la adicción al cibersexo?