11 minutos
Es el título de la nueva novela de Paulo Coelho, con un fuerte contenido erótico. Por qué el éxito de las relaciones sexuales no se mide con el cronómetro. Cada uno tiene su tiempo y lo siente de manera diferente
Escribe Paulo Coelho
Cuando los cuerpos se encuentranEl escritor brasileño, Paulo Coelho, que publica “Once minutos”,
novela con fuerte contenido erótico, escribe sobre la sexualidad
por Paulo Coelho, fotografías de Álvaro Villarrubia (fuente: el mundo magazine)
Desde los comienzos de la literatura, muchos escritores de todo el mundo han escrito sobresexo. Desde Egipto a Grecia, pasando por Japón, el tema es una de las principales preocupaciones humanas. Pero a pesar de los millones de libros publicados al respecto, todavía no entendemos nada del asunto y no creo que Once minutos pueda conseguirlo. Porque, en la sexualidad, la única conquista posible es acabar con la mentira que puebla nuestro imaginario. Y eso sólo es posible cuando tengamos la osadía de practicar y de fallar, pero diciendo la verdad sobre lo que sentimos. Nosotros, los hombres, no tenemos el coraje de decirle a la mujer: “Enséñame a recorrer tu cuerpo”. Y la mujer tampoco nos dice: “Aprende como soy”. Nos mantenemos anclados en el instinto primitivo de la supervivencia de la especie, en la seudolibertad de poder hablar abiertamente sobre el tema en cualquier mesa de restaurante. Pero, cuando nos encontramos entre las cuatro paredes de nuestra habitación, terminamos por descubrirnos como animales asustados, inseguros y frágiles. Y lo que debería ser un momento mágico se transforma en sentimiento de culpabilidad y de defraudar siempre las expectativas del otro. Nos olvidamos que ésta es una de las pocas situaciones de nuestra vida en la que la palabra expectativa debe de ser eliminada por completo.
A lo largo de mi vida, viví la sexualidad de formas muy diferentes y contradictorias. Nací en una
época conservadora, cuando la virginidad era esencial para definir a una mujer. Asistí al nacimiento de la píldora anticonceptiva y del antibiótico, indispensables para la revolución sexual que se iba a producir después. Crucé y viví a fondo el periodo hippie, cuando nos pasamos al otro extremo, practicando el amor libre en los conciertos de rock. Y terminé regresando a una época medio conservadora medio liberal, con una nueva enfermedad ante la que el antibiótico es inútil. Una época en la que nadie sabe exactamente hacia dónde va a evolucionar la sexualidad.
Estamos viviendo en un mundo donde el comportamiento se rige por patrones de conducta: de la belleza, de la calidad, de la inteligencia y de la eficacia. Pensamos que existe un modelo para todo y creemos que, siguiéndolo, estamos seguros. Y por culpa de eso, establecemos también el patrón sexo que, en la práctica, está integrado por una sarta de mentiras, como el orgasmo vaginal, la virilidad por encima de todo, el fingimiento para no dejar al otro decepcionado, etcétera. Las consecuencias directas de este tipo de actitud son millones de personas frustradas, desgraciadas y culpadas.
Forma parte del universo de un escritor reflexionar sobre su propia vida. De ahí que un libro sobre la sexualidad pasase a ser una prioridad para mí. Al principio, pensaba partir directamente de una relación ideal entre dos seres. Intenté diversas aproximaciones y no lo logré. Hasta que, al conocer a la prostituta que sirve de hilo conductor de mi libro, entendí por qué no conseguía desarrollar la historia. Porque para hablar de un sexo sublime es necesario comenzar por el lugar por el que todos comenzamos: el miedo a que todo termine mal.
Once minutos no se propone ser un manual o un tratado sobre el hombre y la mujer ante el mundo todavía desconocido de la relación sexual. Es, más bien, un análisis de mi propio recorrido, sin pretender en ningún momento juzgar lo que viví. Me costó mucho comprender que
el encuentro de dos cuerpos es más que una simple respuesta a algunos estímulos físicos o al instinto de perpetuación de la especie. Porque ese encuentro lleva a cuestas toda la carga cultural del hombre y de la humanidad.
La sexualidad es una de las áreas de nuestra vida en que la mentira es aceptada con total normalidad. Mentimos para dar placer al prójimo, sin darnos cuenta de que dicha mentira puede –y de hecho lo hace– contagiar lo más importante en nuestras vidas. Nos olvidamos de que en la sexualidad está la manifestación de una energía espiritual llamada amor.
Es muy difícil plasmar en la práctica esta concepción, pero tenemos que intentarlo. Para ello, lo primero que hay que entender es que la sexualidad está compuesta de dos extremos que caminan juntos durante toda la relación: relajación y tensión.
¿Cómo sintonizar estos dos estados de ánimo opuestos? Pues muy sencillo: no teniendo miedo a fallar. A medida que la búsqueda del placer se hace con entrega y con sinceridad, sentimos que el cuerpo se va tensando como la cuerda de un arquero, pero la mente se va relajando, como la flecha que se prepara para ser disparada. El cerebro ya no gobierna el proceso, que pasa a ser dirigido por el corazón. Y el corazón utiliza los cinco sentidos para mostrarse al otro. El tacto, el olfato, la vista, el oído y el gusto, todos se ven envueltos como en una especie de experiencia de éxtasis religioso.
Está comprobado que, en la mayoría de las relaciones sexuales, las personas apenas utilizan el tacto y la vista. Actuando así, empobrecen la plenitud de la experiencia. Si un miembro de la pareja se entrega por completo, quiebra el bloqueo del otro, por muy fuerte que éste sea. Porque el acto de entrega significa: “Confío en ti”. Es en ese momento cuando entra en juego la auténtica energía sexual. Y esa energía apenas está en las partes que llamamos “eróticas”, sino que se extiende por todo el cuerpo, por cada pelo de la cabeza y por cada poro de la piel. Cada milímetro emana, entonces, una luz diferente que es reconocida por el otro cuerpo y se combina con él.
Cuando eso ocurre, entramos en una especie de ritual ancestral, que es una oportunidad de transformación. Un ritual, sea el que sea, exige siempre que uno esté dispuesto a dejarse conducir a una nueva percepción del mundo. Es esa voluntad la que hace que el ritual tenga sentido.
¿No es muy complicado todo esto? Lo es mucho más mantener relaciones como se hace hoy, como un simple acto mecánico que provoca tensión durante el acto y vacío al final. Es preciso tomar conciencia de que, cuando dos cuerpos se encuentran, están entrando juntos en un territorio desconocido. Transformar eso en una experiencia banal es perderse la maravilla de la aventura.
Pero nada de eso puede aprenderse en un libro, porque, en el fondo, éste apenas ofrece la experiencia y la visión de su autor. Sexualidad es, sobre todo, tener el coraje de vivir las propias paradojas, la propia individualidad y la propia voluntad de entrega. Para eso escribí Once minutos. Para ver si podía decir, a estas alturas de mi vida, con 55 años, si tuve el coraje de aprender todo lo que la vida me quiso enseñar al respecto.

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