Sexo: ¿tiranía o felicidad?
Las noticias
sobre la sexualidad parecen partes de guerra, dice José Antonio Marina en
su último libro. 
Las consultas de los expertos rebosan. Aumenta el número de personas que viven
solas. La mitad de las mujeres aseguran estar insatisfechas con su vida amorosa.
En “El rompecabezas de la sexualidad”, el filósofo apuesta por una segunda
revolución para alcanzar la felicidad en el amor. El autor escribe para MAGAZINE
sobre siete coordenadas para triunfar en la “guerra” del sexo.
El sexo da mucho que pensar. No sólo rompe cabezas, sino que rompe corazones. Los discursos sobre el sexo han sido unas veces orgiásticos y otras apocalípticos, pero casi siempre dogmáticos y simplificadores. Sin embargo, hasta el lenguaje reconoce que se trata de un asunto enrevesado: en castellano, cuando decimos de alguien que tiene “un lío” damos por descontado que es un lío amoroso. En el ámbito privado, creo que el mayor problema que nos ha legado el siglo XX es el de las relaciones de pareja. Demasiada gente se pregunta angustiada: ¿por qué es tan difícil convivir?
Las noticias sobre la sexualidad parecen partes de guerra. “Las relaciones personales se han ido transformando en un combate continuo”, dice Lasch, un conocido sociólogo. Según la Asociación Americana de Psicología, “se teme que el enfrentamiento entre los géneros se endurezca”.
Aumenta el número de personas que viven voluntariamente solas. La familia está en crisis, la pareja está en crisis, el amor está en crisis, y espero que algún día sea la crisis la que entre en crisis. Da la impresión de que hombres y mujeres no saben qué sentir y no saben qué hacer. La liberación de las morales va acompañada por una sumisión a las psicoterapias. Un tercio de la población francesa acude a consultar a los sexólogos. Según una encuesta de Woman, la mitad de las mujeres no están contentas con su vida sexual.
Estamos
en una situación de provisionalidad parecida a la del gitano del chiste de
Ortega. Un gitano se confiesa, y al cura le extraña que no se acuse de haber
robado. “¿De verdad, hijo, que no has robado nada?”. “Sí, padre, ¡cómo no
voy a robar!”. “¿Y, entonces, por qué no lo confiesas?¿No sabes que es pecado?”.
“Pues verá, padre, es que he oído el runrún de que lo iban a quitar”. Las
normas sexuales han cambiado tan rápidamente, que mucha gente se siente estafada
por haber creído en ellas. Se acostaron con una ideología de la fidelidad
y se despertaron con una ideología del matrimonio múltiple. Todavía hay enormes
recelos hacia la homosexualidad. Aumenta la violencia contra la mujer. Cunde
el pesimismo sobre la posibilidad de entenderse. Para defendernos del misterio
del sexo, lo mejor que se nos ha ocurrido es trivializarlo. A veces damos
la impresión de niños que se cuentan una historia de mucha risa para conjurar
el miedo.
Me cuesta aceptar que nuestro destino esté en manos de una inteligencia fracasada, y me gustaría colaborar en la construcción de una inteligencia triunfante. El pesimismo goza de un prestigio intelectual que no merece. A pesar de la cantidad de naufragios que presencio, no creo que el naufragio sea nuestro irremediable sino. Pero todo buen navegante necesita buenos mapas, y por ello me parece necesario elaborar una cartografía de la sexualidad, para saber dónde estamos y poder trazar rumbos. Lo que expongo a continuación son algunas de las coordenadas del gigantesco océano del sexo.

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Conviene distinguir entre sexo y sexualidad
La gente parece obsesionada por el sexo. Se busca, se contempla, se instrumentaliza, se vende. Algunos diputados ni siquiera son capaces de asistir a una sesión parlamentaria sin acudir al porno. Hay una gigantesca industria del deseo. La adicción al sexo ya tiene incluso una revista médica especializada. El orgasmo aparece como la gran metáfora. Un poeta habla de su experiencia creadora y dice que es como un orgasmo. Un futbolista explica lo que siente al meter un gol y dice que es como un orgasmo. Las feministas protestan contra la glorificación del orgasmo, que consideran machista. Nuestra brújula sentimental parece remitirnos continuamente al sexo como causa, fin, esperanza o temor pluscuamperfectos.
Sin embargo, sospecho que esta tenaz apariencia nos engaña. Se confunde el interés por el enorme dominio de la sexualidad, con el interés por el pequeño territorio del sexo e, incluso, por el más minúsculo todavía de la genitalidad. Si consideramos sexo equivalente a relaciones sexuales, no es verdad que todo el mundo esté perpetuamente preocupado por acostarse con alguien.
En cambio, si en vez del sexo consideramos la sexualidad, es decir, el complejo mundo simbólico, afectivo, psicológico, económico, político, jurídico, construido sobre el hecho biológico del sexo, tenemos razón al darle tanta importancia. En ella estamos, nos movemos y somos. Joder, follar, echar un polvo, o el acto designado por esta reductiva lingüística de la trivialidad, tal vez no tenga el protagonismo que las apariencias le conceden. Apenas alcanza la categoría de espasmo liberatorio. Pero, en cambio, sí preocupa y ocupa nuestra vida vivir una situación amorosa, familiar o social, basada en la sexualidad.
Hemos recibido un sexo tan profundamente ideologizado que necesitamos volver al origen y contar la genealogía de lo que estamos viviendo. De lo contrario, no comprenderemos lo que sentimos ni lo que esperamos. La sexualidad me parece un terreno de transcendental importancia práctica y teórica. Desde el punto de vista práctico, por la influencia que tiene en nuestra felicidad o en nuestra desdicha. Desde el punto de vista teórico, porque nos permite estudiar el proceso de transfiguración de estructuras animales en estructuras humanas. Un proceso siempre en precario. Vivimos irremediablemente en el filo de la navaja. Podemos caer del lado de una animalidad sofisticada, o del lado de un espiritualismo sospechoso.
Libro | “El rompecabezas
de la sexualidad”
Fuente:elmundo magazine
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