LAS SUFRAGISTAS DEL XXI

 

Kuwait es un país moderno, un aliado de Occidente, mucho más progresista que Arabia Saudí, más abierto que Irán y, sin embargo, entrará en el siglo XXI sin reconocer el derecho al voto de la mujer. Las mujeres copan la universidad y la Administración y son el 30% de la fuerza laboral. La Constitución de 1961 reconoció su igualdad de derechos con el hombre, pero un año más tarde la ley electoral les negó el derecho al voto. Ahora están cerca de conseguirlo.

Cada parlamentario recibió un sobre cerrado un día antes de la sesión en la que se pensaba votar la aprobación de los derechos políticos de las mujeres kuwaitíes. Uno tras otro, hasta alcanzar el número de 50, fueron llegando a su despacho una blanca mañana de otoño que no bajaba de los 30 grados y se encontraron sobre su mesa un mensaje muy breve. "Parlamentarios, la sangre de la mujeres mártires no se secará hasta que no acateis sus deseos".

Era una llamada de atención a cada político para que votase a favor del decreto del emir Sheikh Jaber Al-Ahmad Al-Sabah que regulaba después de 37 años de lucha activista el derecho de las mujeres al voto y a presentarse a las elecciones. Y en esa sola frase, que parece proceder de ultratumba ya que hace referencia a las mujeres que combatieron en la resistencia kuwaití y murieron después de sufrir torturas durante los siete meses que duró la invasión iraquí de Sadam Hussein, se condensa la reivindicación de miles de mujeres.

La autora de ese mensaje es Kawthar Al-Jouan, la jefa del Comité Político de las Asociaciones de Mujeres de Kuwait. Es una sufragista que a punto de inagurar el segundo milenio lucha por que se reconozca el que una mujer, al igual que un hombre, está capacitada para participar en la vida política. Las activistas también pusieron un anuncio en el periódico animando a las mujeres kuwaitíes a que se presentasen en la Asamblea Nacional para hacer presión.

Es el gran debate nacional en Kuwait. Está presente en todos los foros: la universidad, las empresas, la calle, los zocos, las asociaciones cívicas, las diwanias o clubs políticos sólo para hombres y por fin hoy, en un día que alberga la promesa de ser histórico en la Asamblea Nacional, el órgano legislativo de Kuwait. "Al final del milenio estamos luchando por un derecho que en otros países se ha reconocido hace cien años. Muchos lo llaman derechos políticos de las mujeres pero yo prefiero llamarlos derechos humanos de las mujeres. Nos sentimos muy fuertes porque sabemos que nuestros adversarios, los islámicos más fanáticos, no tienen una argumentación sólida y utilizan el Islam como un arma política arrojadiza. Pero el Corán no discrimina en ningún momento a la mujer. Nosotras sabemos que no hacemos nada malo, ni contra nuestras costumbres ni contra nuestra religión", explica Sundus Hussein, ingeniera informática, de 34 años de edad que este día no ha querido faltar a la cita.

El Parlamento es una cruel metáfora de la situación política de las mujeres en Kuwait. En el galería de visitantes del piso superior hay un espacio reservado exclusivamente para ellas. Han acudido más de 200, desde las que van cubiertas con el abayas de cabeza a tobillo hasta las que visten ropa de Ungaro, Cristian Dior o Armani. Fuera, en la calle, entre los varones kuwaitíes hay un sentimiento de descrédito. Dicen que las activistas sólo quieren figurar y hacerse notar, que son unas exageradas, unas histéricas, unas ruidosas, unas descontentas crónicas.

La sensación que tiene un occidental es estar presenciando un debate de hace un siglo, de finales del XIX, cuando las sufragistas británicas se lanzaban a la calle para luchar por sus derechos y no recibían más que críticas y mofas masculinas por reivindicar una justicia que hoy en día en Occidente nadie -o casi nadie- discute. Pero si una reflexión se puede sacar al presenciar la batalla de las activistas es que en un país por el que Occidente hizo una guerra se pelea por lo obvio. EL LEGADO DE LA GUERRA DEL GOLFO Diez años después todo el mundo dice que nadie se lo esperaba. Que les cogió a traición, por sorpresa. Nadia Al-Sarrah, asesora financiera en la Asamblea Nacional, nunca olvidará aquella madrugada de agosto de 1990. El teléfono de su casa sonó a la tres de la madrugada.

Era una amiga iraquí que estaba casada con un soldado del ejército de Sadam Hussein y la llamaba para decirle que las tropas de su país vecino avanzaban hacia la frontera con Kuwait con el propósito de invadir la nación. "Lo primero que hice fue ir a ver a mi hijo Jasseem que entonces tenía tres años. Luego fui a ver a mi marido, como no quería darle un susto de muerte enmedio de la noche esperé a que amaneciese. Por fin le di con la mano en en el hombro y le desperté. 'Ahmed, Sadam va a invadir Kuwait'. Me miró durante un instante y me contestó: 'No digas tonterías' y se volvió a quedar dormido", recuerda. En menos de cuatro horas el país estaba ocupado por los tanques del régimen de Bagdad. Todas coinciden que después de la liberación de la opresión iraquí las mujeres debieron conseguir sus derechos políticos. No hubo en la historia de Kuwait momento más propicio que ese, si se tiene en cuenta además la actitud comprometida, valiente, combativa que demostraron las kuwaitíes durante los siete meses de la invasión. Mujeres que sorprendieron a los mismos soldados iraquíes, que creían que eran unas mimadas incapaces de hacer nada contra ellos, y a los propios hombres kuwaitíes cuando, de la noche a la mañana, crearon una red civil de ayuda a su pueblo.

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Como los varones estaban controlados por el Ejército del dictador iraquí, las mujeres trabajaban en los hospitales, transportaban las armas de la resistencia, recolectaban comida y algunas incluso disparaban desde los edificios contra los soldados. Además algunas mujeres, más de las que se cree, durante la invasión tuvieron que sufrir la más mezquina de las tácticas de guerra: la violación. Sus hombres, los mismos que ahora les niegan el derecho al voto y les gritan a la cara que no están 'preparadas', dependían totalmente de ellas durante aquellos siete meses.

Sus hombres les dijeron que recompensarían su esfuerzo al acabar la guerra pero se olvidaron de sus derechos políticos al día siguiente de ser liberados por las tropas internacionales. El emir volvió debilitado del exilio de Arabia Saudita tras el final de la guerra del Golfo y se encontró un país devastado. Su reacción fue infantil, quiso consolar a su pueblo cumpliendo su deseo de ser "eternamente felices". Una promesa que se nutre de la seguridad de saber que mientras vivan nunca les faltará el dinero. Quedan indelebles vestigios de la guerra del Golfo. Frente a las oficinas de la Kuwait Airlines hay un cartel que dice: "No olvidamos a nuestros prisioneros de guerra en Irak", frase que hace referencia a los 600 prisioneros kuwaitíes que hay en las cárceles de Sadam Hussein de quienes no se sabe aún si están vivos o muertos. No son ingenuos, saben que la liberación de su país por tropas internacionales se lo deben una vez más al petróleo. "Somos una región muy sensible. En Kuwait se concentra el 25% de las reservas mundiales de petróleo del mundo y en el Golfo Pérsico el 45%. Esto no podía caer en manos de alguien como Sadam que realmente está loco", dice Nadia. Para todos los kuwaitíes hay un antes y un después de la invasión en sus vidas, un abismo que empieza la madrugada del dos de agosto de 1990 y termina el 27 de febrero de 1991 cuando el general Norman Schwarzkopf entra con las tropas en Kuwait City.

Lo cierto es que tras la guerra del Golfo la sociedad se radicalizó, hubo un giro hacia una islamización fundamentalista que hoy se traduce en muchos aspectos pero el más visible es el aumento de mujeres con velo, sobretodo en la universidad. Asimismo les influyó el integrismo importado de Irán, "la sociedad se ha vuelto más conservadora desde el punto de vista religioso, y por supuesto lo que pasó en Irán también repercutió en nosotros", comenta Kawthar Al Jouan. Los dos hombres más odiados en Kuwait son Sadam Hussein y Yaser Arafat. Por ese orden.

Este último estaba considerado un amigo, al que incluso se había financiado en su lucha contra Israel, antes de la invasión iraquí. Cuando se alineó en el bando de Sadam la desilusión y la indignación fueron inmensos. Además en el país había miles de trabajadores palestinos perfectamente integrados en la sociedad kuwaití, con los que se vivieron situaciones muy tensas. Cuando la guerra acabó se creó un clima abiertamente hostil contra ellos. Abandonaron en masa el país. En 24 horas las tropas de Sadam huyeron en una desbandada en la que al final pagaron los de siempre: los soldados rasos. Sus superiores habían escapado en cuanto se enteraron de que habían perdido la guerra sin informar de nada a sus subordinados. Al anochecer, mientras Nadia fingía dormir en su cama oyó unas deflagraciones que estremecían la noche cerrada. Una a una fue contando en la oscuridad las dentelladas de luz sobrenatural que se filtraban por su ventana. Contó hasta 700 explosiones. Luego silencio, un calor que laceraba la piel.

A la mañana siguiente el cielo estaba negro, las casas estaban negras, el suelo estaba negro. Un humo espeso impregnaba cada resquicio de aire. Sintió que se intoxicaba y volvió a entrar en casa. Luego se enteró de que los iraquíes antes de abandonar Kuwait habían querido dejar su impronta personal de destrucción. Habían hecho explotar 700 pozos de petróleo para prender al país en llamas.

LA UNIVERSIDAD La profesora Masouma Al Mubarak es muy popular en el campus de Eladia de la Universidad de Kuwait. En los pasillos de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales sus alumnos se paran a hablar con ella, a hacerle preguntas, se demoran en su despacho para consultas de última hora. Está rodeada de chicas que la admiran y buscan un minuto de conversación con ella.

Esta mujer tiene un rostro rotundo, honesto, parece una Madre de Mayo kuwaití. En la universidad se han creado lobbys estudiantiles a favor y en contra de los derechos de las mujeres. La razón de la postura agresiva y cerrada de los integristas islámicos, de los miembros más acérrimos de las ramas tribales de la sociedad kuwaití, para Al Mubarak está muy clara: detrás de su discurso intolerante se esconde el frío aliento del miedo. "Tienen miedo de nosotras, de que seamos más protagonistas que ellos, más poderosas, más fuertes, mejores. Siempre han preferido a mujeres de segunda clase, fáciles de controlar, fáciles de manejar, sumisas con los hombres. Quieren que la mujer siempre esté por debajo porque no pueden soportar a una señora que sobresalga por su propia brillantez. No cambiarán de opinión, ni ahora ni durante las próximas generaciones", dice. Ella es una de las pocas mujeres de Kuwait que ha anunciado públicamente que quiere presentarse como candidata a las elecciones que se celebrarán en el año 2003. "¿Qué me enfada? Muchas cosas, pero sobretodo me sublevan las mujeres perezosas, especialmente las más jóvenes, las que no son conscientes de la realidad, las que no quieren ver nada. No consiguen nada por ellas mismas, esperan que se lo den todo hecho. Y los derechos no se dan, se toman".

En este reducido espacio estudiantil conviven dos universos radicalmente distintos: la mujer del siglo XXI, la chica con el pelo y la cara al aire, junto con la chica del Medioevo, tapada desde la raíz de su cabello a los tobillos, con una sóla franja de luz donde sólo sus ojos se abren al mundo. Adolescentes con la hiyab descienden de espléndidos Ferrari color rojo conducidos por chóferes iraníes o egipcios y hablan con móviles en forma de muñeco Garfield de peluche. Las cabinas de teléfono no tienen ranuras para meter monedas porque las llamadas locales son gratis pero en la universidad todas están vacías ya que los estudiantes siempre hablan desde sus móviles. A las puertas de cada facultad hay autobuses con conductores indios que rara vez arrancan ya que nadie los utiliza. Por supuesto también son gratis.

La profesora Al Mubarak reconoce que su temor más inmediato es que el decreto no salga adelante."Tengo la esperanza de que el Parlamento apruebe el decreto porque realmente es una oportunidad de oro. Se habla demasiado, se discute demasiado. Estoy harta ¿sabes? Harta de repetir las mismas opiniones, harta de oir los mismos argumentos de nuestros enemigos, harta de reivindicar lo obvio. Es tiempo de actuar. Ahora. Ha llegado la hora de la igualdad completa. Las leyes se tienen que hacer para facilitar la vida humana, no para complicarla", concluye Al-Mubarak.

Tiene una mirada oscura muy intensa, una forma de hablar arrebatada, serena. Lo cierto es que las leyes en muchos sentidos favorecen a los hombres. Sólo un ejemplo: la ley que regula la obtención de la nacionalidad dice que sólo se puede adquirir a través del matrimonio con un varón kuwaití. Y la nacionalidad da derecho a todo o a casi todo en este país. Masouma Al-Mubarak sabe bien lo discriminatoria que puede ser este sistema legal. Ella es kuwaití pero su marido es de Bahrain y ni ella ni su marido pueden gozar de las asistencias sociales y las subvenciones para la vivienda que disfrutan otras parejas, en las que sólo el hombre ha nacido en Kuwait. Si sale elegida tiene muy claro que tipo de políticas va a desarrollar en el Parlamento.

La aplicación legal y efectiva de los derechos de las mujeres es su máxima prioridad.

En primer lugar corregiría la ley del divorcio que en la actualidad despoja de todo derecho a la mujer y además ni siquiera le reconoce la necesidad de que su marido le informe de que se ha separado de ella e incluso permite que viva con su otra esposa en su misma casa. Otra son las ayudas sociales para los hijos que ,aunque estén con la madre las recibe sólo el hombre. Por las calles que rodean el campus circulan Mustangs azul eléctrico, Chevrolets chocolate, Corvetts rosa pálido y Buicks blancos. Hay chicas vestidas con modelos exclusivos, otras llevan pantalones vaqueros ajustados años 50 y zapatillas deportivas de plataforma. El contraste es tan brutal que hace falta mirar dos veces y luego volver a mirar para intentar y no acabar de acostumbrarse a presenciar a una adolescente abatida por el abayas negro junto a otra que parece salida de una teleserie americana. Es la Universidad de Kuwait donde el 70 por ciento de los estudiantes son mujeres. Muchas prefieren preocuparse por los coches y la moda, pero también hay muchas que se implican activamente en la vida política de la universidad defendiendo con pasión los derechos femeninos. Cuando se les dice que muchos chicos opinan que no ha llegado su momento, el estallido de indignación se siente en la piel, un brote de ignición, palabras que se convierten en llamaradas que dañan la boca. "Ellos no nos tienen que decir cuando es nuestro momento. Nuestro momento es siempre, nuestro momento es ahora. No dicen más que tonterías", responde Asmaa Mohammad, estudiante de informática que tiene 22 años de forma brusca y rotunda. Se coloca las gafas y se calla. Tiene una larga melena castaña, entreverada de densas lenguas de fuego como estambres rojizos. "Quiero participar en la solución de los problemas de mi país", añade. En el patio de atrás donde las estudiantes comen sus hamburguesas y sorben con un paja una botella de Seven Up están las chicas que se han posicionado en total desacuerdo con otorgar derechos políticos a las mujeres, son las adolescentes fundamentalistas, las que cuando votan en la universidad para elegir al sindicato estudiantil hacen que salgan triunfadores los islamistas más radicales desde hace más de quince años. Como una joven que parece más una niña que una chica de 19 años y que tiene una expresión de ardiente pureza en la cara. La religión es la trinchera desde la que explica su posición. "Dios ya nos ha dado nuestros derechos. Creo que las mujeres no están capacitadas ni para votar ni para gobernar. Son los hombres los que han construido este país y en algunos aspectos los hombres son mejores que las mujeres, la política es uno de ellos", dice Asman Al-Gorayan. "¿Votar por una mujer? Yo siempre voy a votar por un hombre. No votaría jamás por una mujer. No quiero ver a ninguna mujer en nuestro Parlamento. No sé de qué se quejan tanto porque tenemos todos nuestros derechos", concluye. Su voz es extraordinariamente educada, dulce e implacable. Ha interrumpido su hora de la comida para contestar a las preguntas. "No, los hombres y las mujeres no somos iguales. Dios nos da dones diferentes a unos y a otros". Su amiga, que lleva un pañuelo negro ha permanecido asintiendo con suaves ademanes y antes de dar su opinión nos informa de que su padre es un conocido parlamentario islamista. "Estoy en total desacuerdo respecto a los derechos políticos de la mujer. Nuestra tradición no contempla el que una mujer esté presente en la Asamblea Nacional. Además hay cosas que una mujer no puede hacer y un hombre sí. A mi padre por ejemplo muchas veces le llaman a medianoche para que saque a alguien de la cárcel que ha sido detenido sin razón.

Una mujer no se levantaría de la cama de madrugada para sacar a alguien de la cárcel. Hay lugares que sólo para los hombres y la Asamblea Nacional es uno de ellos. Pero además me gustaría dejar muy claro a todo el mundo que en Kuwait las mujeres voten o no voten tienen todos sus derechos. El voto es una parte mínima que no es significativa", cuenta Noof Al-Shuvaian, que tiene 19 años. En el lobby universitario contra el voto femenino se encuentra también Nasser Bader Al-Bargash que estudia Administración de Empresas y afirma que las mujeres no están preparadas para intervenir en la vida política. "No respetarían las reglas parlamentarias, se pondrían a discutir unas con otras. Ya en la vida civil luchan unas contra otras, si entran en la Asamblea Nacional será la guerra, el caos. Además no es algo aceptable en nuestra tradición y no beneficia a la democracia", explica. Curiosamente Nasser confiesa que no es religioso y que no es su interpretación del Islam lo que le lleva a sustentar esa idea.

Es la primera persona de Kuwait que ha admitido abiertamente que no es religiosa. En el extremo contrario se encuentra Ali Abbas Naqi, islámico ferviente que reconoce que las mujeres tienen que obtener su derecho a ser miembros activos en las elecciones parlamentarias. "El Corán y el Islam están de acuerdo con los derechos políticos de las mujeres. Pero algunas personas utilizan nuestra religión como un arma política para conseguir el poder. No tienen una verdadera pureza en sus creencias religiosas, sino que instrumentalizan el Islam en beneficio de sus propios intereses. Yo soy muy creyente y votaría sin dudarlo a una mujer, porque me interesa ayudar a que salga elegido un buen político, sin importar cual sea su sexo". Pero en el frente de los islamistas no se puede englobar a todos en el mismo grupo. Entre sus facciones hay diferencias sustanciales. Los musulmanes chiítas apoyan las reivindicaciones políticas femeninas y los sunitas están en contra. Un estudiante nos cuenta que Bill Clinton se ha negado a venir a Kuwait hasta que no aprueben los derechos políticos de las mujeres. Pero la profesora Badriah Al Awadi no cree que la presión del presidente americano sea tan fuerte. Además opina que no se debe enfatizar mucho el interés internacional. "Es un argumento peligroso porque de cierta forma refuerza la idea de los fundamentalistas de que los derechos de la mujeres son un patrimonio occidental, algo ajeno a nuestra cultura y costumbres. Y no es así porque los derechos de las mujeres no son un patrimonio occidental sino un patrimonio de la humanidad", explica. A la una del mediodía aún no le ha llegado el turno a la votación sobre los derechos políticos de la mujer. En los pasillos y en los asientos hay ahora un verdadero nerviosismo e indignación. Varias activistas discuten las estrategias que seguirán los grupos feministas si el decreto fracasa. Los planes de organización se empiezan a fraguar al calor de las opiniones más ardientes. Irónicamente los fundamentalistas islámicos serán los más beneficiados si se permite votar a las mujeres en Kuwait ya que ganarían votos de forma abrumadora. Asimismo, las activistas son conscientes de que a los políticos les preocupa la imagen del país frente a los ojos del mundo y esa puede ser una baza definitiva que incline la balanza a su favor.

El principal reto es extender la lucha a las clases más populares y ampliar su base social si es que ese término tiene algún sentido en la selecta sociedad kuwaití. ENTRE EL ZOCO Y EL CIELO A las mujeres cubiertas con el velo las conocen como las "mujeres del zoco". No son kuwaitíes, son egipcias e iraníes, advierten algunos. Pero no dejan de vivir en un país en el que aunque sus trabajadores extranjeros son considerados ciudadanos de segunda clase representan una parte esencial de la sociedad. Se mueven con los pasos callados de las sombras devoradas de un negro absoluto. A ojos de un occidental no deja de resultar irónico el efecto que producen ya que pretenden y, sólo se queda en pretensión, ser invisibles como si no sólo su cuerpo sino también su persona fuesen insignificantes. Y en el zoco nadie tienen más presencia ni significado que ellas. Se las persigue por el absorbente dédalo de calles. Pero sus ojos esquivos, el único fragmento de materia humana que enseñan, queman los sutiles garfios del abordaje. Son miradas imposibles, mudez de un silencio transtornado de oscuridad. Por infinitas razones imantan la atención sus tobillos expuestos a una ráfaga de viento a traición, sus manos cuando acarician la fruta, el atisbo fugaz de un zapato de tacón, la brisa amarga que tiembla en su velo, que deja en el aire, suspendida en su enigma, la intriga de cómo serán sus rostros. A las mujeres del zoco que nunca van solas no les gusta que las miren, una razón de más para mirarlas. Por debajo de la hiyab sorben el té y comen con parsimonia un kebab. Kuwait es la ciudad de las mil y una noches del siglo XXI, de torres con esbelta forma de palmera que albergan depósitos de agua, la urbe futurista recortada de un fotograma de la película Blade Runner en el lecho de un desierto, con edificios como láminas doradas que refractan la palidez púrpura del atardecer, el escenario en el que se cuela la voz poderosa del muecín que llama a la oración. Este país se edificó sobre una gigantesca bolsa de petróleo, su descubrimiento y nacionalización marcó un antes y un después en su historia.

El crudo se consideró un regalo de Dios. Al final cuando se abandona Kuwait se da uno cuenta de que hay un excesivo esplendor, una radiante bonanza y facilidad que alarma. Porque en el mimo desmesurado se enrosca el frío picotazo de la comodidad y el letargo. Por eso la actitud desprendida, combativa y firme de estas mujeres activistas deslumbra aún más. Aquel día en el Parlamento no se votaron finalmente los derechos de las mujeres. Se retrasó sin fecha concreta. La única posibilidad de que se hubiese podido debatir esta cuestión dependió de una votación sobre si se debía alargar la hora del término de la sesión fijada a las dos de la tarde.

La moción perdió por un solo voto. Cuando todo acabó, se apagaron los focos de las cámaras, los parlamentarios se alejaron apresuradamente hacia los aparcamientos, la sala de prensa quedó inundada del humo azul de cigarrillos mal apagados y los sillones permanecieron abatidos por el silencio. Afuera, la Asamblea Nacional era un esqueleto de un elefante muerto, que asomaba sus costillas blanqueadas por la sofocante luz del desierto. En las escaleras había un broche que alguien perdió, pisoteado por la prisa de los hombres que huyeron a casa en sus Buicks y Mercedes. "Sí, yo estoy a favor de los derechos políticos de la mujeres. Vota Sí".

 

 

 

Fuente:Planeta HUMANO