
Mick y Monique: lo único que parecía unirlos era un ruido al pronunciar sus nombres y una porfiada resistencia a jubilarse. Hace veintiún años, madame Monique Pardo conoció a Mick Jagger en la selva de Iquitos. Y hay que celebrarlo.
Mick
Jagger se desvistió, recuerda ella. Tiró la bata de felpa
azul sobre una silla y se recostó en una de las colchonetas que había
al borde de la piscina del hotel Holiday Inn. Buscaba relajarse luego de
una semana de intenso rodaje de Fitzcarraldo, la película de Werner
Herzog sobre un magnate del caucho del siglo XIX cuyo delirio era construir
un teatro de ópera en medio de la selva del Perú para llevar
a cantar allí al tenor Enrico Caruso. Pues Mick Jagger estaba allí
mismo, un siglo después, sin que nadie le rogara que cante. Lucía
más delgado de lo que Monique Pardo creía que era. Parecía
casi un niño de la selva, un niño con la melena desatada,
avejentado y salvaje.
Llevaba una ropa de baño turquesa, no sudaba y su piel estaba seca. Cualquiera hubiera pensado que se trataba del cadáver más musculoso que jamás se haya visto, el más famoso. “Yo lo vi y me dije, nooo, Mick Jagger”, suspira la vedete veintiún años después, en un bar cerca de Radio Nacional del Perú. No quería, no debía, mostrarse tan vulnerable frente a un Rolling Stone. “Era bien dotado, y lo sé porque se notaba”, recuerda y calla. Sabe que voy a preguntarle por lo que se le notaba y que lo único que le apetece a todo el mundo es saber si ella de verdad se acostó con un Rolling Stone.
Pero a mí
me interesa descubrir otras cosas y no insisto, por ahora. Dice que se acercó
a tomarle una fotografía con una Nikkon gris casera que le había
arrebatado a su novio, quien permanecía callado durante toda la escena
como si fuera un extra, y que pidió a su ídolo que posara
como si estuviera leyendo. Mick abrió un libro de bolsillo que llevaba
consigo y ensayó algo de poesía amanerada en sus movimientos.
La Pardo recuerda haber sentido como si un ratón se alborotara de
miedo en su estómago. Al fin disparó la cámara como
pudo, en un intento inútil por hacerlo suyo aunque fuese un instante.
Jagger se puso de pie y los tres guardaron silencio. Monique, compadeciéndose
de su novio, se despidió de Mick.