Una invitación a la subversión y a los excesos
A través del sexo y la diversión, los carnavales han tratado de llevar la justicia social allí donde la política y la economía han fallado.
Llegó
el carnaval y lo de siempre. Caminas por la calle y es inevitable mirar
de reojo y cuidar las espaldas ante la inmisericorde arremetida de vejigas
y baldes de agua. Luego las autoridades jurarán aplicar el castigo
máximo a los infractores y llegado el miércoles de ceniza,
los diferentes intendentes provinciales exhibirán unas escuetas cifras
sobre los operativos efectuados durante el feriado. Otra demagogia, por
supuesto. Que yo recuerde jamás se exhiben ante la prensa ni los
detenidos, ni los bártulos del delito. Y de este feriado pre-cuaresmal,
los únicos que salen sequitos son las empresas de agua potable y
la industria zarumeña del caucho. Tampoco
es cuestión de rasgarse las vestiduras: quién
este libre de pecados que lance la primera piedra
Lo
más lamentable de nuestro hídrico carnaval es su falta de
fidelidad con las prácticas más ancestrales de las que proviene.
Los primeros baldazos carnavalescos datan del siglo XVIII, y su origen
corresponde a las intensas jornadas del carnaval de Venecia. En aquel entonces,
se consideraba un buen augurio el mantener una vela encendida hasta los
primeros destellos del amanecer. Algunos sabidos se dedicaron a echar agua
a las velas, para así aguarles la suerte y el ánimo a los
venecianos. Paradójicamente, de aquellos días dedicados a
los excesos sexuales y a la diversión a raudal, nos queda únicamente
un recuerdo un tanto húmedo y grotesco.
Por razones más bien religiosas, nuestros carnavales
han sido relegados a un feriado de turismo puertas adentro. En otras latitudes,
los carnavales siguen manteniendo su origen dionisiaco, aún cuando
la tecnología y las nuevas costumbres se han empeñado en lo
contrario.
La
esencia del carnaval es el goce sexual por excelencia,
y a ello hay que añadir una variable de subversión,
porque el carnaval pretende unir a nobles y plebeyos por igual. Durante
los saturnales romanos,.la sociedad romana se ponía patas arriba;
no sólo en materia sexual pero además se procuraba crear una
suerte de justicia social, la que permitía a los esclavos gozar de
todas las comodidades y placeres que normalmente eran exclusivos de sus
amos. Entre las tradiciones infaltables en esta
fiesta, se incluía aquella en la que los esclavos le podían
soltar sus cuatro verdades a su noble amo.
La tradición de excesos y subversión se traslado al medioevo.
Las que se formaban en esa época se las tomaban sobretodo con el
poder establecido. Los carnavaleros ocupaban las iglesias católicas
y en ellas cometían todo tipo de obscenidades, ante la vista y la
paciencia de sus párrocos. En ella no dejaban de participar los clérigos
más jóvenes, con la aprobación de la elite intelectual
religiosa
. El acto de justicia social se prolongaba a la sociedad civil, donde las
cofradías se encargaban de castigar a los burgueses y terratenientes
más impopulares de la sociedad, sometiéndolos, por una vez
al año, al látigo y al agua fría. Todo esto en medio
de la algarabía de disfraces de pastoras, arlequines, gitanas y jardineros.
Otra remarcable herencia de estos bacanales es la carreta o carruaje central,
la noble antecesora de nuestra chiva. Quién se subía a la
carreta a diferencia de los que se subieron a la camioneta-
debía atenerse a sus impudentes consecuencias. Las crónicas
nos cuentan que desde la carreta se lanzaban excrementos y dentro de ella
se protagonizaban sonadas orgías. El término carnaval
tiene su origen en esta costumbre, y desde entonces se convirtió
en un verdadero carro naval, imprescindible en toda fiesta
carnavalesca.
El lema común en todas estas festividades es el vivir y
dejar vivir y su práctica colectiva ha sido orientada como
un momento solidario de evasión. Su naturaleza de regocijo y fantasía,
nos acerca a la utopía surrealista de un mundo sin obligaciones,
entregado a la imaginación y a la seducción.
En próximas notas presentaremos la historia de los principales carnavales
alrededor del mundo.
¡Hasta entonces mucha subversión y exceso a manos llenas!

