Las dos Caras de un Genio
Fuente:elmundo.es
Por sus
escenas bíblicas y la delicadeza con la que retrató a su familia
en muchas de sus obras, po dría deducirse que el pintor holandés
era un esposo atento y un padre abnegado.
Sin embargo, sus bocetos, en los que se presume que trabajaba con más
libertad, muestran la afición por el erotismo y la escatología
de un hombre que disfrutó de una ajetreada vida sentimental.
Sensualidad.
"Júpiter y Antíope" (1659) es uno de los bocetos en
los que su autor explora el erotismo a través de temas tan variados
como el mitológico. Intentemos realizar un experimento clarificador.
Usted tiene que escoger, de entre los grandes maestros de la pintura de todos
los tiempos, uno para que se convierta en el padrino de su propia hija. Supongamos,
además, que resultase importante que este artista fuese capaz de jugar
con su ahijada cuando ella todavía es un bebé, que se acordara
de enviarle una tarjeta de cumpleaños con $ 5.000 cuidadosamente doblado
en su interior, que estuviera dispuesto a hacer de canguro y, por encima de
todo, que más tarde, cuando ella fuera una adolescente, se pudiese
confiar en él a la hora de impartir una juiciosa y sabia reflexión
sobre lo sinuoso del camino de la vida que le aguarda. ¿Por quién
apostaría?
Es probable que no considerara a Picasso,
a menos que esté dispuesto a que su hija se convirtiera en una fumadora
pasiva de cigarrillos Gauloise. ¿Van Gogh? Ni de broma. No podría
haber un solo cuchillo en toda la casa. De la generación más
veterana de los viejos maestros, muchos de ellos eran solteros extremadamente
maniáticos. Seguro que nunca se decantaría por el irascible
Miguel Ángel, ni tampoco por Caravaggio, implicado en más de
un asesinato, o por Leonardo, que estaba demasiado ocupado descubriendo el
sistema de circulación de la sangre como para fijarse en la gente.
Además, si Leonardo le enviase una tarjeta de cumpleaños, lo más probable es que estuviera escrita al revés, de derecha a izquierda, para su posterior lectura a través de un espejo. Así que, en el caso de que tuviera que escoger a un viejo maestro para ser el padrino de su hija, lo más probable es que pensara en Rembrandt. Sí, en Rembrandt Harmerszoon van Rijn.
Consideremos sus ventajas y su currículum. Es el mayor exponente de la escuela barroca holandesa de pintura del siglo XVII. Nació el 15 de julio de 1606 en Lieden, en el seno de una familia de clase media. Su padre era molinero, lo que le permitió cursar estudios universitarios, aunque los abandonó por la pintura. Enseguida alcanzó una notable fama y posición económica, que mejoró tras su boda con Saskia van Uylemburhg, sobrina de un marchante de arte y socio suyo, y con la que tuvo cuatro hijos, de los que sólo sobrevivió uno, Titus. Recibió importantes encargos de lo más granado de la sociedad y fue uno de los pintores más famosos y considerados de su época, hasta que falleció el 4 de octubre de 1669 en Amsterdam, a los 63 años.
Era regordete, amable e inmensamente sabio. Algo que se percibe en sus autorretratos. Sobre todo en aquellos en los que aparece con la vista al frente, con una mirada de gran intensidad y profundamente triste. Su casa debía de ser un lugar increíble para que corretearan los niños, con esos rebuscados trajes que utilizaba para vestir a sus modelos, la exótica joyería y los graciosos sombreros. Además, era un hombre de familia: su extensa obra lo deja bien claro. Su esposa e hijo, Saskia y Titus, son probablemente la única esposa e hijo, en toda la historia del arte, a los que hemos visto tantas veces que casi podemos tutearlos. Existen numerosos cuadros de Saskia en el papel de Flora o de Titus junto a una ventana. No olvidemos, tampoco, las numerosas pinturas del padre de Rembrandt, representado como un viejo de espléndido mostacho y ojos alerta, de su madre, como una anciana con la nariz metida en la Biblia o sentada junto a la lumbre de la cocina, perdida en sus pensamientos.
Cualquiera
que retrate a sus padres con semejante frecuencia, que inmortalice a su esposa
de una manera tan cálida y que sea capaz de transmitir el afecto paternal
que Rembrandt plasma en las piezas protagonizadas por su pequeño nos
llevaría a pensar que, sin duda, es el hombre idóneo para desempeñar
con rigor el papel de padrino para una hija.
Bueno, uno quizás se lo haya imaginado así, pero una de las pocas ventajas de los críticos de arte sobre los que escogen padrino para su hija es que, desde el principio de nuestra carrera, aprendimos a no confundir al ser humano con sus manifestaciones artísticas. Las obras dicen una cosa, los artistas, otra. Jamás me he cruzado con la más mínima evidencia que contradiga la opinión de que todo creador tiene algo de obseso, maniático y egocéntrico. Si una noche se desencadenara un incendio en el estudio de Rembrandt y tuviera que escoger entre salvar sus pinturas o a la hija de usted, confíe en mí, créame que escogería las pinturas sin pensárselo ni un minuto.
Esa bondad que instintivamente percibimos en Rembrandt, lo que la mayoría asume que puede verse en los ojos de sus autorretratos, en los viejecitos de sus escenas pictóricas, en las melancólicas recreaciones bíblicas o, en definitiva, en su obra más conocida, es que en esencia era bueno, cariñoso, paternal. Sin embargo, ésa es una de las conclusiones más engañosas que podemos extraer si no se analizan otros elementos de su vida y de su producción artística.
Acosador. Nadie sabe con certeza cómo era Rembrandt, pero de lo que no cabe duda es de que no era la amalgama de amabilidad, fortaleza y sabiduría que pudiera sugerir gran parte de su obra. Al contrario, los desnudos y la obsesión por el sexo opuesto que puede deducirse de la muestra Las mujeres de Rembrandt, que se celebra estos días en Edimburgo, nos debería proporcionar una perspectiva más elocuente: van Rijn era un tenorio, un misógino, un voyeur y un acosador de mujeres. Tenía una insaciable voracidad de sexo. Lo hacía con quien tuviera más a mano. Se aprovechaba de las sirvientas para después traicionarlas, aunque debamos añadir de inmediato que en esa batalla sexual no era peor que el resto de sus contemporáneos, pero tampoco existe evidencia alguna de que fuera mejor que los demás. Sólo existen sus pinturas y ellas, casi siempre, cuentan mentiras. Por lo tanto, aceptemos la invitación de Rembrandt y contemplemos sus bocetos. Estos dibujos suelen ser un buen lugar para saber si el posible padrino es más honesto que desvergonzado. A Rembrant le gustaba abordar una asombrosa variedad de temas. Hizo de todo: retratos clásicos por encargo, idílicos paisajes, apuntes pornográficos e incluso imágenes escatológicas. Los críticos de arte estamos preparados para diferenciar los valores eternos del arte, independientemente de las modas sociales imperantes en la época en que se produjeron las piezas. Estoy de acuerdo con todo eso, aunque admito que, incluso yo, encontré difícil enviarle a mi madre una postal navideña con un extraordinario boceto de Rembrandt, Mujer orinando y defecando, de 1631, considerado una maravilla.
La mujer parece bastante ufana. Se ha
agachado detrás de un árbol, con las enaguas subidas, y muestra
forntalmente una parte rasurada de su anatomía femenina. Resulta una
imagen real y bastante cruda, que posee un asombroso parecido, al menos en
el tema, con otra excelente obra de Rembrandt, también fechada alrededor
de 1631, en la que aparece un individuo gordo salpicándolo todo mientras
orina en la calle. Estos bocetos apenas han visto la luz después de
que fueran descubiertos por Rovinski, un asombrado crítico de arte
francés del siglo XIX que describió ambos dibujos como un horreur
artistique.
A finales de los 60, Picasso, en un homenaje muy personal al holandés,
reprodujo a tamaño natural la famosa mujer orinando que, en la actualidad,
se expone en el Museé Picasso de París. Una obra que nunca falla
a la hora de arrancar una intranquila sonrisa a quien pasa por delante.
Un boceto es un boceto y no puedo resistirme a la tentación de asumir que la producción de Rembrandt en este campo ofrece una visión más íntima de su actitud hacia las mujeres, el sexo y la religión, puesto que en ellos trabajaba con más libertad. El monje fornicador, de 1646, resulta inimaginable como el esbozo para un cuadro posterior. En él se contempla la parte posterior de un monje, con el hábito remangado, encima de una lozana muchacha.
Sexo explícito. Algunos de los
dibujos más célebres de la erótica de Rembrandt aparecen
bajo el eufemístico título de La cama francesa. A esta serie
pertenece una escena representativa de lo que los holandeses denominan boelering:
un acto de lascivia entre hombres y mujeres. Si se analiza uno de ellos, los
sugestivos detalles resultan fascinantes. El individuo ha lanzado su sombrero
con pluma sobre uno de los postes de la cama y es curioso, además,
que la mujer tenga dos brazos izquierdos: uno de ellos empuja al hombre, mientras
que el otro parece indicar que el acto hubiera terminado y ella se mostrara
relajada. Es una de las escenas más picantes de su autor y data de
mediados de 1640, cuando el pintor estaba viviendo una de las fases más
agitadas de su vida sentimental. Si nunca estuvo bien cualificado para ser
un buen padrino, en este periodo todavía menos.
Rembrandt se convirtió en una especie de marqués de Sade cuando
murió su mujer, Saskia, en junio de 1642. Junio resulta ser un mes
excepcionalmente desafortunado para él. Se casó con Saskia el
22 de junio de 1634 y compartieron ocho años antes de que la tuberculosis
acabara con ella el 14 de junio de 1642. En numerosas ocasiones, Rembrandt
ha retratado a Saskia en la piel de varios personajes mitológicos y
bíblicos. Era una modelo intensamente creíble y barata.
Es posible que ella fuera la inspiración de Eva en el oscuro y cargado Adán y Eva, de 1638. La pintura representa el momento en el que ella le sostiene la manzana a Adán, cuando está a punto de cogerla. Ambos saben que no deberían hacerlo y sienten temor ante la magnitud de la maldad que están a punto de cometer. Por supuesto, los dos están desnudos y Rembrandt parece haberse esmerado a la hora de hacer zafio y culpable el pubis mal rasurado de Eva. Muchos artistas han culpado a muchas Evas por la caída en desgracia del hombre. En este aspecto, el holandés resulta incluso más hostil que la mayoría. Sin embargo, con independencia de que Saskia fuera Eva o no, Rembrandt no perdió mucho tiempo tras la horrible y temprana muerte de su esposa para lanzarse a seducir a la enfermera contratada con la misión de cuidar a su hijo. El nombre de esta infortunada mujer era Geertje Dircx, que se convirtió en su amante durante los años en que realizó la serie de La cama francesa.
Después, él se fue a vivir con otra jovencísima sirvienta, Hendrickje Stoffels, con la que concibió una hija. Por esa época, Rembrandt, que tenía unos 40 años, le doblaba la edad. Hendrickje era menuda, bella y joven. Ella inspiró algunos de los más estimulantes desnudos que Rembrandt llegó a realizar, como Bathsheba (1654). En este cuadro, Hendrickje aparece sentada sobre una cama, ligeramente embarazada, alta de pecho y con una expresión vulnerable, de piel cálida y relucientemente deseable como un cofre de oro. Es también la mujer con el pecho descubierto que, con cara de tristeza, se sienta en la cocina, en un boceto implacablemente extraño y a la vez sensual del año 1658, Mujer semidesnuda sentada junto a un espejo. Probablemente, lo cierto es que también Hendrickje sea la que se eleva las enaguas por encima de la cintura y vadea el agua en la piel de esa maravillosa bañista de 1654 que se exhibe ahora en la National Gallery escocesa.
En la cárcel. Geertje Dircx insistía
en que Rembrandt le había prometido casarse con ella y que, en vez
de hacerlo, había decidido quedarse con Hendrickje. Ésta confirmó,
ante el abogado local, que el artista le ofreció a Geertje una serie
de garantías financieras y que le permitió quedarse con parte
de las joyas de Saskia si prometía no pedirle nada más. Ante
la traición del artista, Geertje intentó crear el mayor escándalo
legal posible alrededor del caso. Rembrandt, el pintor más famoso de
Amsterdam, un personaje con un considerable peso social, respondió
acusándola a ella de no estar en sus cabales y logró que la
encerraran durante cinco años en un correccional de Gouda.
La pobre y engañada Geertje acabó siendo una enfermera lanzada
a un mundo de prostitutas, hampones y rebanadores de cuellos, entre otros.
A pesar de todo, su prometido no estaba satisfecho con la sentencia de cinco
años a los que la habían condenado e intentó aumentar
la condena hasta un total de once. Después, continuó su relación
con la joven Hendrickje como si nada. En cuanto a Geertje, falleció
en 1656, el mismo año en el que fue puesta en libertad. Llegados a
este punto, es probable que usted no necesite ninguna prueba más para
hacerse una idea de la verdadera naturaleza de este gran artista y de si es
el adecuado para ejercer de padrino para su hija. La decisión es suya

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