Proyecto de legalización de drogas en Argentina
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de Buenos Aires
| Meses más tarde, en Colombia, fumé marihuana de verdad, hierba de la Sierra Nevada. O sea nota erudita, bhang, que se obtiene por la trituración de hojas, tallos y semillas. Me encantó el olor, me gustó el sabor, y el crepitar de las semillas que a veces estallaban en el interior del grueso varillo de papel de Biblia. Recuerdo que sí, señores: recuerdo: porque la marihuana borra la memoria, pero a la vez la exalta, como exalta y agudiza los sentidos a la vez que parece adormecerlos y embotarlos: el tacto, el gusto, el olfato, el oído (la vista no), recuerdo que en ese tiempo podía uno encontrar en todas las esquinas de Bogotá, como hoy encuentra mandarinas o cigarrillos de contrabando, marihuana de muchas clases: uña de gato, punto rojo, Santa Marta Golden. La vendían unas señoras rollizas y coloradas en envoltorios de papel periódico que pesaban, a ojo, media libra: áspera, dulzona y aromática. Me gustó, ya digo. Pero más que por el placer directo del sabor, el aroma y el color del humo, porque daba acceso a otros placeres. Como todas las drogas más o menos alucinógenas, la marihuana es una puerta. The Doors of Perception (Las puertas de la percepción), tituló Aldous Huxley un libro que fue famoso en aquellos años en el que contaba sus experiencias con drogas sicoactivas. |
un
enmarihuanado puede parecer un perfecto imbécil riéndose...
pero, ¿qué importa, si se ríe? |
La
marihuana abría puertas al mundo físico y al mental, a los apetitos
y a las curiosidades: a la música, el sexo, a la meditación,
al sonido y al sentido de las palabras; incluso puertas al hermético
para mí reino de las matemáticas puras. Recuerdo
¿ven ustedes que sí tengo recuerdos? Y eso que hablo de
cosas de hace casi 40 años que un día, abierta mi
conciencia por la hierba, supe inventar (o descubrir, no sé), una serie
de números naturales hasta entonces no encontrada ni concebida por
nadie. Una serie, por supuesto, infinita (la hierba abre las puertas del infinito
con asombrosa facilidad; de otra droga, la mezcalina, decía el poeta
Henri Michaux que es un mecanismo de infinito), construida
sobre el crudo modelo de la de los números primos y constituida por
todos los números enteros que no son divisibles ni por sí mismos
ni por la unidad. Una serie impensable y que, sin embargo, pude pensar. Aunque
después no encontré ningún número que cupiera
en ella. Sin duda no busqué lo bastante. La marihuana tiene también
eso: que uno se distrae y piensa en otra cosa, y se le olvida, y se va.
Hablo de las matemáticas, pero mencioné también la música.
En esos años finales de los 60 y principios de los 70 eran muchos los
marihuaneros que sólo fumaban marihuana para escuchar música.
De todo: los entonces todavía jóvenes Rolling Stones, el ya
viejo Johann Sebastian Bach, la inmemorial quema boliviana del altiplano,
las novedosas mezcolanzas electrónicas de instrumentos occidentales
made in Japon. Yo la fumaba además para componer música,
con el mérito añadido de no tener oído musical: todo
lo daba la hierba por sí sola. Una noche compuse en la cabeza letra
y música una canción de los Beatles, en inglés.
Y otra tarde una sonata sólo música, pero en alemán
de Mozart. Por no saber notación musical, ni inglés, ni alemán,
todo eso quedó inédito. Y además sí,
lo reconozco: la marihuana es traicionera lo he olvidado.
Sólo
yerba
Con la marihuana se ganan cosas, y otras se pierden para
siempre.
El sexo. La traba de la hierba, que refleja las tensiones y afina los sentidos,
que expande el tiempo y a veces inclusive llega a inmovilizarlo, eternizando
el instante, es una excelente herramienta sexual. Estoy hablando de aquellos
años felices, privilegiados en la historia de la humanidad, en que
el sexo no sólo era libre, por la relajación de las costumbres
y el abandono de los valores familiares que tanto preocupaban a los Papas
de Roma y a los presidentes de Estados Unidos, sino que además no era
peligroso. Los antibióticos habían convertido la antes temible
sífilis en un juego de niños, y aún no existía
el sida. Todo eso duró poco, y se acabó cuando Papas y presidentes
consiguieron por fin inventar y propagar el sida para meter en cintura la
corrupción moral de la juventud de Occidente. Luego vendría,
también de la mano de esos sombríos personajes, la guerra
frontal contra las drogas: el cierre definitivo de las puertas abiertas.
Pero había más. Yo, por ejemplo, consumí buena parte
de esos años de traba jugando al ajedrez. Bajo los efectos de la marihuana,
una partida podía durar días enteros, como las de Spasski y
Fisher. Tal vez no salía tan buena como esas pues para jugar
al ajedrez no basta con drogarse: es necesario además saber jugar al
ajedrez. Pero lo parecía. El ajedrez no es como el billar,
digamos: en el billar, cuando uno juega trabado, puede imaginar deslumbrantes
carambolas a tres bandas que desafían las leyes de la geometría:
pero las intenta, y no salen. En cambio en el ajedrez se demora uno horas,
o días, o incluso meses, en darse cuenta de que eso que parecía
una defensa siciliana no era una defensa siciliana. Pero, insisto, lo parecía.
La hierba crea ilusiones: puertas que tal vez no lo sean en realidad, pero
que lo parecen. Visto desde la sobriedad, un enmarihuanado puede parecer un
perfecto imbécil, riéndose dulce y locamente de cosas que no
existen. Pero, ¿que importa que no existan, si se ríe? Vuelvo
a Henri Michaux:, que en sus años tardíos abandonó la
experimentación con mezcalina como inspiración de cuadros y
poemas, y calificó los efectos alucinatorios de la droga de miserable
miracle. Miserable, tal vez; pero también milagro.
Un milagro en el filo de la muerte. De nuevo hablo de ilusión: de una
muerte ilusoria, pues la marihuana es completamente inofensiva (a diferencia
de, pongamos por caso, la aspirina: en Estados Unidos mueren más de
500 personas al año por hemorragias inducidas por un excesivo consumo
de aspirina). La muerte ilusoria de la llamada pálida. La primera
vez que a mí me dio la pálida creí que me estaba muriendo,
o que quizás ya estaba muerto. No podía mover ni un párpado.
Me sorprendía ver que los que estaban conmigo en ese trance no me prestaban
la menor atención: seguían riéndose de sus cosas de idiotas.
Pero en mi sorpresa no había ni rencor ni reproche: que se rían
de sus cosas mientras yo aquí me muero: ya morirán ellos también.
Luego no me morí, o al menos no me he muerto todavía. Pero conocí
la muerte, como había conocido la defensa siciliana en el ajedrez,
sin conocerla en realidad. El miserable milagro de la hierba transmuta la
realidad en ilusión, como quien convierte el agua en vino. Y ese fue,
conviene recordarlo, el primer milagro que hizo Jesucristo, a instancias de
su madre, con ocasión de las bodas de Caná. Después vendrían
otros, más prácticos, más utilitarios: sanar a los paralíticos,
devolverles la vista a los ciegos, exorcizar a los endemoniados. Pero ese
primer milagro consistió en conceder la ebriedad: en abrir puertas.
Abriendo
puertas
The doors of perception. Una banda de músicos de aquel entonces se
llamaba así, The Doors, explícitamente por eso: porque usaba
drogas. Su cantante, Jim Morrison, murió luego de una sobredosis de
algo.
De una sobredosis de adulteración del algo que fuera, porque las drogas
no matan por sí mismas. Ni las llamadas blandas, como la marihuana,
ni las llamadas duras, como la heroína. Son mucho más nocivas
las drogas lícitas que las ilícitas: el alcohol, el tabaco,
el válium, el prozac, la mismísima aspirina. Lo que mata en
las drogas prohibidas es justamente el hecho de que están prohibidas;
lo cual conduce, entre otros muchos males, a que sean adulteradas con toda
suerte de sustancias, desde la cal de las paredes hasta la estricnina de las
ratas, por los gángsters que manejan el negocio. Y si lo manejan gángsters
es justamente porque es un negocio prohibido.
¿Y por qué están prohibidas, si son inofensivas e
inclusive benignas? La marihuana, por ejemplo, no sólo es una abridora
de puertas de la mente y del cuerpo, sino que tiene además toda suerte
de usos medicinales. Desde hace cinco mil años, desde los tiempos del
emperador Chen Nun, los chinos la han usado como analgésico para los
dolores reumáticos y para curar el estreñimiento. Y actualmente,
en los propios Estados Unidos que en teoría la prohiben, se usa para
tratar achaques tan variados como el glaucoma y la epilepsia, la esclerosis
múltiple, los calambres menstruales, la náusea producida por
las quimioterapias para el cáncer, la anorexia; veinte más.
Pues resulta que las drogas, aunque sean inofensivas y útiles para
la medicina, están prohibidas porque son peligrosas para las autoridades.
Porque son un camino de libertad, y en consecuencia se oponen al orden establecido,
que está establecido sobre la pasión de prohibir: de controlar.
Son peligrosas para las autoridades: de ahí la falacia, inventada por
las autoridades, de que son peligrosas para quienes las usan. Y lo son, sin
duda: nada es inocuo; si no produjeran ningún efecto, no serían
drogas. Pero esa falacia se ha inflado desmesuradamente hasta convertirse
en absurda y criminal guerra frontal contra la droga en
la cual se han embarcado todos los gobiernos del mundo encabezados por Estados
Unidos, porque a las autoridades no les conviene que los individuos sean libres.
No pueden tolerarlo, porque va en contra de su esencia. En consecuencia, el
uso de las drogas, que liberan, ha sido calificado por las autoridades como
un delito, como una enfermedad, como un pecado, algo que debe ser prohibido,
y castigado.
Vino, pues, la guerra frontal contra la droga, decretada por el gobierno norteamericano
de Richard Nixon. El consumo de drogas, por supuesto, aumentó, se diversificó,
y creció el negocio. Pero esa es una historia larga y complicada. Aquí
voy a hablar solamente del efecto que esa guerra tuvo sobre la marihuana que
fumaba yo. La acabó.
Yo fumaba, como he dicho, hierba de la Sierra Nevada de Santa Marta, que era,
decían, la mejor del mundo. La primera medida de la nueva guerra que
afectó a Colombia fue la fumigación con paraquat, un defoliante
que les había sobrado a los norteamericanos de la guerra del Vietnam,
de las plantaciones de la Sierra. Entre estas y la fumigación fueron
arrasadas nada menos que 150 mil hectáreas de bosques de la Sierra,
y la hierba que allá se producía quedó envenenada durante
años. Ahora sí era perjudicial para la salud. La consecuencia
fue que, si hasta entonces los marihuaneros gringos compraban su hierba a
los marimberos colombianos, a partir de entonces los marihuaneros colombianos
tuvimos que empezar a comprar hierba norteamericana de importación:
la famosa sinsemilla de California, gracias a la cual los Estados
Unidos se convirtieron pronto en lo que siguen siendo hoy: el primer productor
y el primer exportador (además del primer consumidor) de marihuana
del mundo.
Ese resultado me pareció perverso; y, si había sido deliberadamente
buscado, me pareció diabólico. Es cierto que, con el paso del
tiempo, la producción colombiana de hierba se ha recuperado considerablemente,
ayudada entre otras cosas por el cambio de énfasis en la guerra antidrogas:
se empezó a considerar más importante destruir las plantaciones
de coca (y posteriormente también de amapola), y la marihuana
fue dejada relativamente en paz. Pero consideré intolerable la idea
de que mis pesos se transformaran en dólares que, a través de
los impuestos de los marimberos californianos, ayudaran al gobierno de Estados
Unidos a mantener la guerra. Y dejé de fumar marihuana.
Me dediqué, en cambio, a escribir contra la política de los
gobiernos de Estados Unidos. Es otra droga. Otra puerta hacia la libertad.
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La
primera vez que fume marihuana fue
¿cuándo fue?
No me acuerdo. La marihuana destiñe la memoria: no deja más
que unos borrones blanquecinos, vagos como nubes, signos con tiza desdibujados
sobre un tablero negro de pizarra.