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Sonrisa letal

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pistas sobre la desaparición de los dinosaurios
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Fuente:muyinteresante
LAS OTRAS MEDICINAS
Dos
médicos y un destino
¿Es
posible integrar en una sola todas las medicinas?
Las terapias alternativas atraen cada vez a más pacientes. La medicina ortodoxa se plantea si puede aprender algo de sus competidores.
La medicina convencional ha tratado tradicionalmente al paciente como un rompecabezas. Cada una de sus piezas es tratada de manera independiente; así se analizan síntomas, funciones, humores y se aplica de manera impersonal la terapia adecuada.
Las medicinas alternativas realizan una aproximación más holística a la enfermedad. Analizan al paciente como un todo y tienen muy en cuenta su aspecto emocional y espiritual. Pero eso les resta capacidad de eficacia sobre los problemas concretos.Ni alternativa ni complementaria ni siquiera falsa. A la otra medicina hay cada vez más científicos que quisieran llamarla “integrada”. Así –medicina integrada– es como calificaba a técnicas como la acupuntura, la osteopatía o la naturopatía nada más y nada menos que la prestigiosa revista British Medical Journal a principios de este año, y lo hacía en virtud de una aseveración tan rotunda como significativa: “La medicina convencional –se decía en su editorial principal– no puede seguir ignorando por más tiempo a las medicinas alternativas”.
Algo ha debido de pasar para que algunas prácticas que han levantado tradicionalmente ampollas en la comunidad científica sean ahora vistas con mirada integradora por una de las publicaciones médicas más prestigiosas de Occidente. Y ese algo puede ser, simplemente, el que parece imparable auge de las terapias no ortodoxas.
En España, por ejemplo, se vendieron en 2000 más de 10 millones de cápsulas de hipérico (Hypericum perforatum), un conocido antidepresivo natural, y 7,5 millones de dosis de ginkgo (Ginkgo biloba), que se utiliza contra los trastornos del envejecimiento. Además cada día acudieron a consultas alternativas unas 300.000 personas en este país durante el año pasado.
A pesar de eso, la realidad incuestionable es que la mayoría de los postulados de estas medicinas complementarias choca frontalmente con el modo de hacer científico de la medicina convencional. Y, aunque con el tiempo algunas prácticas concretas como la acupuntura, la osteopatía y el uso de hierbas medicinales han superado pruebas de laboratorio, demostrando su efectividad para combartir ciertos males, lo cierto es que en su conjunto presentan más lagunas que luces para la razón ortodoxa.
Homeopatía: la mayor piedra en el camino hacia la ciencia
En el camino hacia la integración de las medicinas alternativas hay un escollo difícil de salvar. La homeopatía, que cuenta con cursos universitarios que la avalan y que en algunos países como Francia está reconocida por la Seguridad Social, contradice en sus postulados algunas leyes científicas fundamentales. Dicho de manera sencilla: si la homeopatía funciona, habría que revisar muchas ideas científicas asentadas durante siglos.
En los laboratorios Boiron de Francia, una empleada escoge plantas medicinales para crear preparados homeopáticos.
Lo cierto es que la homeopatía como sistema no ha sido comprobada científicamente. La única literatura clínica a su favor se basa en pruebas concretas sobre síntomas sencillos con los que ha obtenido algunos resultados superiores a los de un placebo. Pero el reconocimiento científico de esta terapia se antoja imposible desde el momento en que contradice las mínimas nociones de química sobre las que se basa, por ejemplo, la ciencia farmacéutica.
Los homeópatas, por ejemplo, pretenden realizar una sanación individualizada aplicando a cada paciente la dosis de sustancia curativa exacta que requiere su mal. Sin embargo, existe también una farmacopea industrial homeopática que produce miles de cápsulas impersonalizadas. Esta realidad industrial parece contraria a las propias leyes homeopáticas.
Los seguidores de esta técnica defienden el uso de sustancias que provocan un síntoma para curar precisamente ese síntoma y equiparan esta técnica a la vacunación. Pero, en realidad, la vacunación no es curativa, sino preventiva y, ademas exige que en la sustancia inoculada haya suficiente cantidad de antígeno como para activar el sistema de defensa del organismo. Y es aquí donde la homeopatía arroja su principal provocación a la razón científica: en los preparados homeopáticos la sustancia curativa se diluye una y otra vez en productos como el etanol hasta conseguir un fármaco en el que es imposible encontrar una sola molécula del elemento original. En química el conocido número de Avogadro es aceptado como método para determinar cuántas veces se puede diluir una sustancia sin que pierda el rastro molecular del original. Esta operación matemática determina que buena parte de las ofertas homeopáticas superan el límite químico. Es decir, que carecen de una sola molécula del producto supuestamente curativo. ¿Y aun así curan? La respuesta de los homeópatas a esta pregunta no ha satisfecho ni mucho menos a los médicos científicos. De modo que la homeopatía es, para muchos, una vulgar pseudociencia.
Sin prejuicios
Por eso, cada vez más médicos han optado por despojarse de prejuicios y poner el microscopio en las otras terapias para ver qué pueden aprender de ellas e intregrar esos conocimientos en su práctica habitual.
El doctor Andrew Weil, director del Programa de Medicina Integradora de la Universidad de Arizona, reconoce que “la medicina convencional se ha convertido en una especie demasiado dependiente de la tecnología”. Muchas investigaciones psicológicas demuestran que el proceso de consulta que ofrecen los médicos no convencionales y su aproximación holística al problema que afrontan permite que el paciente sienta que posee el control de su propia curación. “El enfermo acude a las terapias paramédicas por frustración”, señala Weil.
Un trato más humano
Incluso los más fieles defensores de la
medicina convencional reconocen que sus prácticas suelen situar al paciente en una posición más desagradable, deshumanizada y solitaria que las medicinas alternativas.Tiene sus riesgos
Y eso es precisamente lo que pretenden evitar los médicos ortodoxos que no se niegan a aceptar en su praxis enseñanzas complementarias como el uso de hierbas, las dietas naturales, la relajación, la hipnosis o la acupuntura. Pero, sobre todo, alertan sobre un problema que les preocupa especialmente. El hecho de que adopten de manera integradora y desinhibida enseñanzas de las otras medicinas no significa un aval de su pretendida categoría científica. Distinguir lo que funciona y lo que no (ver siguiente parte de este Documento) es fundamental a la hora de orientar correctamente al paciente en un mundo donde el abanico de ofertas va desde las recomendaciones terapéuticas plausibles al esperpento pseudocientífico y el fraude peligroso.
“Las medicinas alternativas no son ya un territorio oscuro –escribe el doctor Brian Berman, uno de los máximos exponentes de la corriente integradora desde la Facultad de Medicina de Maryland–. Nuestros pacientes las usan cada vez más como complemento a nuestros consejos y muchas veces no comparten con nosotros esa información. Pero en cualquier caso, nosotros somos los que mejor podemos informarles sobre la validez de lo que les están recetando.”
Un paso importante hacia la integración es la creación de cursos especiales sobre terapias no convencionales que pueblan cada vez más las horas lectivas de los futuros médicos españoles. Pero quizás eso no sea suficiente. “Sabemos que muchos pacientes vuelven la vista hacia prácticas paramédicas en busca de un consuelo más humanista y de un consejo holístico –insiste Berman–. Por eso se hace necesario educar a los médicos para que aprovechen al máximo las posibilidades de un tratamiento que tenga en cuenta el aspecto mental e, incluso, espiritual de la enfermedad.”
Placebo: la prueba del algodón
Dentro de los postulados de la medicina científica reside una idea que, objetivamente, nada en las aguas turbulentas de lo difícil de explicar. Nos referimos al efecto placebo, la cualidad de modificar una sintomatología concreta haciendo creer al paciente que está siendo tratado con un fármaco cuando en realidad sólo se le ofrece una sustancia inactiva. Los médicos han aceptado el milagroso efecto y la ciencia lo utiliza como prueba de eficacia para cualquier medicamento que supere al placebo en los tests de laboratorio. Pero, aunque se han realizado muchos esfuerzos, todavía no se han identificado todos los mecanismos bioquímicos que entran en juego cuando se consume una “medicina de pega”. Lo que sí se sabe es que algunas terapias alternativas, como la acupuntura, ponen en marcha reacciones fisiológicas similares a las del placebo.
Batalla médicaEl gran número de cartas, algunas de ellas airadas, que recibieron los editores del British Medical Jounal tras su editorial integrador es una prueba evidente de que la comunidad médica no es
unánime a la hora de evaluar ciertas parcelas supuestamente útiles de las llamadas medicinas
alternativas.
El principal problema reside en que para muchos científicos incluir algunos postulados de una terapia alternativa en su práctica diaria no es sinónimo de integrar las dos medicinas. La mayoría de los médicos está de acuerdo en realizar aproximaciones parciales a las terapias complementarias, pero ponen el grito en el cielo cuando se les habla de una comunión entre, por ejemplo, la medicina alopática y la siempre sospechosa homeopatía.De hecho, la gran mayoría de los esfuerzos de integración realizados se limita a evaluar la capacidad de un producto alternativo concreto sobre un síntoma deteterminado. Existe una carencia casi absoluta de trabajos sistemáticos sobre la validez de estas terapias, los canales de distribución que usan, su organización, su capacidad de atender a grandes masas de población o su superioridad sobre las medicinas convencionales.
Una pega importante con la que tienen que bregar los defensores de las alternativas terapéuticas es la excesiva tendencia al uso de canales de marketing para su promoción, en lugar de utilizar los medios científicos al uso para la validación de sus postulados. En definitiva, los médicos alópatas que reniegan de la integración de ambas orillas aducen, no sin razón, que “los que han de integrarse son ello”, es decir, que la comunidad científica dispone de mecanismos de control y de evaluación de las novedades terapéuticas y que cualquier postulado alternativo los tiene a su disposición para demostrar su eficacia.
El herbolario químico
Una alternativa científica a las medicinas alternativas
La ciencia busca entre las hierbas sustancias curativas para crear nuevas medicinas. Así son los naturópatas del siglo XXI.
Trasegar con hierbas, mezclar sustancias extraídas de animales, cocinar infusiones de plantas, rastrear el bosque en busca de hongos, elaborar preparados con todo tipo de mezclas naturales... Parece la agenda del día de una bruja o de un curandero.
Pero no es otra cosa que la lista de actividades de un buen puñado de científicos –biólogos, químicos y médicos– que se dedican a la agricultura de fármacos, a la creación de compuestos medicinales en cuyo origen interviene una sustancia natural.
Es algo así como la versión científica de la naturoterapia, el modo más avanzado de aprovechar las infinitas posibilidades que nos ofrece el mundo animal y vegetal sin necesidad de acudir a la superchería y a la pseudomedicina.
La mirada verde
Un bioquímico del Centro Nacional de Investigación Científica de Francia seca hojas originales de plantas de Nueva Caledonia. Ordeñando erizos
En la localidad de Noumea (Nueva Caledonia) un científico extrae sustancias terapéuticas de un erizo de mar.Como ha señalado Pedro García Barreno, miembro de la Academia de las Ciencias, “las plantas ofrecen una alternativa tentadora: los biofármacos de origen vegetal son baratos de producir y de almacenar, aptos para la fabricación en masa y, hasta donde se conoce, bastante más seguros que los de origen animal”.
Con esta motivación, docenas de científicos se han convertido en cazadores de moléculas farmacológicas, en rastreadores de proteínas procedentes de seres vivos dispuestos a donar a la ciencia parte de sus secretos curativos.
Alquimia marina
En lugar de marmitas y calderos, los nuevos biofarmacéuticos utilizan el mar como fuente de sus medicinas. Los océanos están llenos de sustancias curativas extraídas, por ejemplo, de esponjas.
Ayuda del chamánLa búsqueda de sustancias puede ser inagotable. Es imposible determinar cuántas especies vegetales o animales albergan en sus células la capacidad de generar proteínas curativas para tal o cual enfermedad. Por eso, en esta labor detectivesca, se ha producido un curioso matrimonio entre la medicina científica de vanguardia y las terapias tradicionales alternativas de cada región del planeta. Una de las pocas pistas con las que cuentan los científicos para elegir una materia prima puede ser la observación de las costumbres locales del país en el que buscan, generalmente países tropicales donde se concentra la mayor parte de la biodiversidad vegetal y animal. En muchos casos, incluso la voz del chamán de una tribu o los manuales de curación de un pueblo indígena pueden alertar al científico sobre la relación entre una determinada planta y un conjunto de síntomas.
Es evidente que la ciencia puede aprender mucho de las otras medicinas y que el saber racional es mucho más fascinante, eficaz y casi milagroso que la más demencial de las teorías esotéricas. Los antiguos brujos, curanderos, chamanes y naturópatas poco tienen que hacer contra la magia de la biofarmacia científica.
La estrella
Uno de los biofármacos más conocidos es el taxol, una molécula encontrada principalmente en elárbol tropical Taxus brevifolia y que es un potente anticancerígeno. Planta desnuda
Las cristalografías permiten conocer el comportamiento de las proteínas estudiadas. En este caso, se observa el acetato de eliptinio usado contra el cáncer.
No es una bruja
La biofarmacia utiliza restos de plantas, tejidos animales, hongos, hierbas... Todo ello con el fin de lograr el efecto deseado en la salud de los pacientes. Esta científica realiza su labor en la idílica localidad de Noumea, en Nueva Caledonia.