En el foro !

¿Influye la violencia televisiva en el crimen?

Mas notas relacionadas

ViolenciaTelevisiva

AsesinArte


¿cadáveres, obras o discursos?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Sonrisa letal

Noche tras noche, el hombre y el muchacho jugaban al ajedrez, hablando en susurros y apartados de los demás en un rincón de la cafetería Stuarts de Bellingham, una población costera del estado de Washington. Las interminables partidas se prolongaban hasta la madrugada. El hombre, John Allen Muhammad, de 41 años, hablaba sólo lo imprescindible. El muchacho, llamado Lee Boyd Malvo y de apenas 17 años, sólo escuchaba. Si los meseros de la cafetería intentaban darles conversación, el muchacho primero miraba hacia el hombre, como pidiendo permiso para responder. Cada partida de ajedrez terminaba igual: con la victoria de Muhammad.

 

Dondequiera que fuesen, todos pensaban que se trataba de padre e hijo, una ilusión que Muhammad se esforzó por hacer creer durante los siguientes meses, cuando ambos comenzaron a viajar por EE.UU. Muhammad también se hacía pasar por productor de música o propietario de un gimnasio, cuando en realidad llevaba tiempo desempleado y había perdido la custodia de sus cuatro hijos tras una serie de encarnizados procedimientos legales. Pero con su imaginación, su cortés “hijo” y la bolsa militar donde guardaba sus pertenencias, se las había ingeniado para formar un mundo propio que por un tiempo pareció obedecer a su voluntad. “Siempre pensaba en ellos con afecto”, diría después Peter David, uno de los empleados de la cafetería. “Ver a un adolescente acompañando siempre a su padre no es cosa de todos los días. Y había tanto respeto entre ellos...”.

Durante la madrugada del 24 de octubre, Muhammad y Malvo dormían envueltos en este universo imaginario, al abrigo de su auto Chevrolet Caprice azul cuyo maletero estaba acondicionado como plataforma de francotirador. Debía dormir muy profundamente ya que no advirtieron la llegada de los agentes federales que se echaron sobre ellos. Fueron aprehendidos en un lugar como aquellos en que ellos mismos habían acechado a sus víctimas, un gris estacionamiento de autopista en las afueras de Washington. Es difícil imaginar los castillos delirantes que se derrumbaron cuando los agentes rompieron los vidrios del Caprice y los sacaron al frío de la noche. En cuestión de 48 horas el hombre y el muchacho serían acusados de una de las matanzas más aterradoras en la historia de EE.UU. Sus 14 atentados se cobraron 10 vidas, y posiblemente este saldo no está completo, ya que TIME ha averiguado que el FBI investiga otros asesinatos llevados a cabo en otros lugares de Estados Unidos que podrían estar relacionados con el dúo.

Si se condena a John Allen Muhammad por estos crímenes, será el lúgubre epílogo de una vida que buscó un propósito con desesperación. La felicidad pareció siempre eludir a Muhammad, que podía ser de pronto encantador y de pronto atemorizante, tanto en su vida profesional en el Ejército como en sus dos matrimonios. Cada vez que afrontaba una pérdida, luchaba frenética e implacablemente para recuperar el control de las cosas. Sus dos ex esposas lo acusaron de desaparecer con sus hijos, y un tribunal lo declaró culpable de violencia doméstica. Siempre tuvo fama de manipular a quienes lo rodeaban, al joven Malvo más que a cualquier otro.

Es poco común que los asesinos en serie tengan socios. “En las matanzas y asesinatos en serie más famosos de EE.UU., menos de un 20% son perpetrados a dúo”, explica N.G. Berrill, psiquiatra forense de la Universidad John Jay de Criminología de Nueva York. “Al asesino en serie le es muy difícil hallar a alguien que comparta su visión”. Pero en este caso, el dúo bien pudo ser motivado por una sola mente. “En los casos en que sí hay dos personas, una está emocionalmente sometida a la visión de la otra”, añade Berrill.

En 1978 Muhammad se llamaba John Allen Williamson. Estudió secundaria en Scotlandville, una población a orillas del río Mississippi, al norte de Baton Rouge (Luisiana), donde destacó como jugador de fútbol americano. Tras graduarse se enroló en la Guardia Nacional del Ejército como carpintero y soldador de una unidad dedicada a reparar construcciones. Tres años después desposó a Carol Williams, su novia del secundario, con quien tuvo un hijo. Le gustaba lucirlo ante sus compañeros de trabajo. “Era extrovertido y tenía una sonrisa maravillosa”, recuerda Rafael Miranda, por ese entonces comandante de Muhammad. “Siempre pensé que lo promoverían y que llegaría a ser sargento de sección”.

Pero esta situación idílica empezó a derrumbarse al poco tiempo. En 1982 Muhammad recibió una multa de 100 dólares por no presentarse a hacer guardia policial y se le degradó un rango. En 1983 recibió otra multa por golpear a un suboficial. “Llegué a notar destellos de furia”, recuerda Miranda. “Algo andaba mal en su vida personal”. En 1985 tuvo el primero de los muchos cambios radicales en su vida. Se separó de Carol, se convirtió al Islam y dejó la Guardia Nacional para incorporarse al Ejército. Se casó con Mildred Green. Según documentos legales, ambos se hicieron feligreses de la Nación del Islam, y acudían a una mezquita en Seattle.

En 1990 viajó al extranjero, primero a Alemania y luego a Arabia Saudita, don de fue movilizado a la guerra del Golfo Pérsico. Ahí, y como parte de un cuerpo de ingenieros militares, la misión de Muhammad consistió en destruir refugios militares. Según un boletín de la agencia noticiosa Associated Press, posteriormente se descubrió que en estos refugios se almacenaban armas químicas. Aunque nada indica que Muhammad y sus compañeros sufrieran efectos nocivos, el Pentágono reconoció en 1996 que algunas unidades, incluyendo la de Muhammad, estuvieron expuestas a dosis bajas de agentes químicos. Muhammad fue destinado de nuevo a EE.UU. en 1992.

Durante el servicio militar recibió varias condecoraciones. El Ejército le permitió poner a prueba su mayor talento: su puntería. Completó cuatro niveles de tiro de precisión con el M-16 hasta llegar al escalafón de “experto”. El rifle Bushmaster XM-15 que se halló en el maletero de su vehículo, y que se ha relacionado con 11 de sus 13 víctimas, es una versión civil del M-16.

Muhammad se retiró del Ejército en 1994, y a falta de la disciplina militar quedó sin un propósito definido. Abrió una escuela de karate en 1997 con el maestro de artes marciales Felix Strozier, prometiéndole que traería a las clases a legiones de musulmanes, algo que nunca ocurrió. Es en este momento cuando comienza a verse lo que luego sería un determinado patrón de conducta en Muhammad, quien alardeaba de haber formado parte de las Fuerzas Especiales, según Strozier.

En la galería de los asesinos en serie sobran los individuos frustrados y fantasiosos, dicen los expertos. Además tienden a tener problemas con las mujeres, característica muy visible en Muhammad.

Carol Williams y sus familiares han dicho a los periodistas que en 1995 Muhammad secuestró a su hijo durante una visita, y Carol inició un prolongado proceso legal para hacerlo volver del estado de Washington. La segunda familia de Muhammad comenzó a desintegrarse a partir de 1999. Mildred inició el divorcio, afirmando que su esposo la intimidaba físicamente. Mildred también declaró que Muhammad le dijo que había intervenido su teléfono y que estaba recabando información en su contra. En uno de los documentos judiciales de su caso se puede leer: “John me da miedo. Se comporta de modo irracional”. En marzo de 2000 se le concedió a Mildred una orden de protección judicial contra su esposo.

Diez días después Muhammad fue a la escuela por los tres hijos que tenía con Mildred y desapareció, iniciando una nueva vida con ellos en Bellingham, también en Washington. Según parece inscribió en la escuela a sus hijos de 8, 9 y 11 años con nombres falsos. En junio viajó a la isla caribeña de Antigua, donde obtuvo un pasaporte valiéndose de un certificado de nacimiento posiblemente falso, según indicó a TIME un portavoz del premier de Antigua.

“Trataba de aferrarse a las cosas para dar algún sentido a su vida”, comenta el psiquiatra forense Berill. “Al fracasar en el Ejército se incorpora a la Nación del Islam, y de ahí siguieron matrimonios fallidos y luchas por la custodia de sus hijos. Esto habla de una persona mal integrada que nunca aprendió a moderar su rabia, que además probablemente exterioriza un sentimiento de culpa”.

Casi un año después, el 23 de abril de 2001, adoptó el apellido Muhammad, y poco después volvió a Antigua. Tal vez ahí se topó con Malvo por primera vez. Según documentos jamaiquinos, Lee Boyd Malvo nació en Kingston, el 18 de febrero de 1985. Su padre y hermanastro aún viven ahí; entre sollozos, confirmaron ante la prensa que estuvo con ellos hasta los 13 años, cuando posiblemente salió del país rumbo a Antigua. “No es violento. No es una mala persona”, declaró el hermanastro Rohan al diario Jamaica Gleaner.

Aún es poco lo que se conoce de Malvo, pero queda en claro que reapareció en la vida de Muhammad en un momento crucial. Cuando éste volvió a Bellingham la policía rescató a sus tres hijos y Mildred recuperó la custodia. Un tribunal le prohibió a Muhammad volver a visitarlos. Según Jay Mills, abogado de Muhammad durante el juicio, esta pérdida lo destruyó. Durante estos momentos difíciles Malvo apareció en su vida. Justo cuando Muhammad perdió a sus hijos, se hizo de un nuevo acólito. A principios de 2002, sin empleo ni familia, la conducta de Muhammad se hizo cada vez más errática. En febrero se le arrestó por pequeños hurtos en tiendas. Dos meses después visitó a su viejo camarada del Ejército, Robert Edward Holmes, quien en una declaración juramentada afirma que Muhammad le mostró dos rifles y un texto sobre silenciadores. Según Holmes, en algún momento Muhammad comentó: “¿Sabes el daño que podrías hacer si dispararas con silenciador?”.

Muhammad y Malvo partieron del estado de Washington rumbo al este. En julio visitaron sorpresivamente a Carol Williams en Baton Rouge. Parece ser que también averiguó el paradero de Mildred, a la que habría visitado a pesar de la orden de protección contra él. Vincent Davis, un vecino de Mildred, dice haber visto hace unos tres o cuatro meses a Muhammad hablando con su ex esposa frente a la casa de ésta. Al parecer Muhammad quería reencontrarse con los hogares que había perdido. El 10 de septiembre compró el Chevrolet Caprice en un concesionario de Trenton (Nueva Jersey). Según Fernando Maestre, el vendedor que cerró el trato con él, “Muhammad se mostraba impaciente y contestaba de mal modo. No quería que supiéramos mucho de él”.

Menos de dos semanas después comenzaron los atentados, primero en Alabama y luego centrándose en el área de la capital, Washington La Policía detuvo el Caprice cuando menos examinó la matrícula del Caprice al menos 10 veces en tres semanas, pero nunca encontró una razón para detener al hombre o al joven. Con cada escapada de la Policía, el dúo cobraba más audacia. La carta que enviaron a la Policía exigiendo 10 millones de dólares indica una arrogancia ya sin control. Las instrucciones eran depositar esta suma en una cuenta, para que los asesinos pudieran retirarla poco a poco de cajeros automáticos usando una tarjeta de crédito robada. “Es ridículo”, dice uno de los investigadores. “No podrían retirar más de 300 dólares al día, y todo esto frente a las cámaras de los cajeros automáticos. Obviamente no son los tipos más listos del mundo”.

Pero si su verdadero objetivo fue atormentar a la Policía y al público, verlos sufrir ante las cámaras de televisión, entonces tuvieron éxito con creces. En casos como estos “hay un enorme sentimiento de superioridad y delirios de grandeza”, explica el psicólogo forense Jaime Greene, quien ya ha evaluado a otros asesinos en serie. No derivan placer de asesinar a sus víctimas, sino de cómo reaccionan los demás ante la matanza.

 

 

Informes de Simon Crittle, Eric Roston, Elaine Shannon, Mark Thompson, Douglas Waller, Michael Weisskopf/Washington, Jeanne Dequine/Miami, Nadia Mustafa/Camden, Hilary Hylton/Baton Rouge, Margot Roosevelt/Bellingham, Nathan Thornburgh/Tacoma y Dierdre VanDyk/Nueva York